Análisis críticos

La obra de Antonio Romoleroux es universal, Oswaldo Guayasamin, Quito, 1989.

SEMBLANZA DEL ARTISTA VISUAL CONTEMPORÁNEO ANTONIO ROMOLEROUX
Por: Karina Palacios Guevara

Cincuenta y un años de edad, treinta y dos de creación artística. Se diría que una trayectoria tan extensa habría mermado la energía que anima su obra. Pero la imaginación, la fantasía y la creatividad de Antonio Romoleroux, como todo lo etéreo, prescinden de la medida del tiempo. Quienes nos hemos sentido conmovidos con su arte, sin embargo, necesitamos de una crónica, aunque mínima, para comprender el recorrido entre su fuente y esa impecable, siempre renovada, rebelde, expresión estética. Y también las experiencias de vida que le imprimen su hondura como ser humano.
Antonio mantiene vívidas en la memoria las variadas formas que produjeron sus manos durante periodos de castigo con aislamiento involuntario e injusto, para un niño inquieto, curioso, chispeante e inventivo. Con tres o cuatro años de edad, sus primeros experimentos artísticos los hizo en plastilina. Encerrado en un salón, el artista se inaugura en su faceta de escultor.
Una prematura separación de su núcleo familiar le trajo abandono, soledad y sufrimiento. Esta marca emocional detonó muy pronto su sensibilidad, cierta autonomía y una precoz consciencia de sí. Al mismo tiempo, su necesidad infantil de cobijo se encontró con la añoranza de referentes materno y paterno. Dibujar, pintar, crear se convirtió en el puente entre sus sombras y su consciencia. Ese estado de soledad y abandono le permitió crear una especie de lenguaje íntimo, personal.
Con algo menos de diez años, ilustraba los cuadernos con marcadores escolares; reprodujo los personajes de “Asterix” y a “Platero” de Juan Ramón Jiménez con tan obsesivo detalle que este último le mereció una reprimenda de su maestro, pues juzgó que esa imagen no era una creación, sino un calco. A partir de entonces, a fuerza de amor y dedicación, Antonio tuvo el cuidado de incrementar el tamaño de sus dibujos, para evitar equívocos e injustas reconvenciones. Tanto en la ejecución de su trabajo como en la edificación espiritual de su ser, esa precoz tenacidad le acompaña como signo de vida.
Por la misma época, sus primeros experimentos de arte abstracto fueron trabajos con manchas que él recuerda como sus “Lagartos”. A la vez, durante las reclusiones obligadas, en su mente surgían, por un interés más anatómico que erótico, imágenes de desnudos femeninos, que el pequeño Antonio se entretenía en dibujar de memoria mientras esperaba ser liberado del castigo. Al parecer, estos encierros recurrentes y difíciles, con el pasar del tiempo, maduraron su inspiración y su arte ya desde muy niño.
A esta capacidad espiritual de transmutar la frustración, la ansiedad o el sufrimiento en obra estética, los padres de la psicología analítica le han llamado sublimación. Antonio lo llamaría resiliencia. Y es este, precisamente, el concepto central de sus búsquedas personales, en lo humano, en lo artístico y en lo espiritual.
Su entrada en la adolescencia coincidió con algunos despertares vitales. Un Antonio adolescente sentía -aún siente- con violencia el impacto del entorno en su universo emocional. El planeta con sus conflictos, la angustia y la depresión de juventud, el suicidio de amigas cercanas… al mismo tiempo, la exploración de su sexualidad -ya despierta con anticipación en retozos infantiles-, el encuentro con los juegos amatorios del cuerpo y del alma, la vida y la filosofía hippie y, en lo artístico, constantes experimentos en dibujo, hasta que asumió definitivamente su identidad de artista. En este recorrido, la presencia femenina gravitaba fuertemente, como figura igualitaria que alegra, anima y acompaña.
Seguramente, aquellos trabajos de niñez y adolescencia ya fueron obras de excepcional factura, pues su tía, Flora Romoleroux, su primera admiradora y gran conocedora de arte, quien habría persuadido a la familia de cultivar las dotes artísticas del sobrino, coleccionó estas y otras creaciones de la infancia del artista. Más tarde, sería la misma tía Flora quien alentaría su etapa de estudios en el Colegio de Artes de la Universidad Central, ya con estímulos intelectuales y guía de lecturas, ya con los alimentos del mediodía.
Quizás haya sido gracias a esta temprana motivación amorosa, que Antonio adquirió la certeza del arte como sentido de su existencia y como lengua íntima que conectaba integralmente su Ser. Con la muerte de su entrañable tía el año pasado, esta primera colección de su obra -que Antonio recuerda con gratitud y ternura- se ha dado por perdida.
Antonio crecía en conocimiento y consciencia con las nuevas experiencias que llegaban desde su aprendizaje y el inicio de su prolífica producción artística: a sus diecisiete, ya en el Colegio de Artes, pintar los cuerpos desnudos de las modelos le hacía sentir adulto y le dotó de una percepción respetuosa de la anatomía femenina, pero también de los universos emocionales que ella contiene.
“Las amigas, las mujeres… la presencia femenina hizo que mi relación de pareja fuera tan profunda, sólida y duradera… la presencia femenina es vital en la vida y en el arte”, afirma Antonio con contundencia. Cuando encontró a su compañera de vida, emprendió la construcción comprometida desde el amor mutuo y diáfano, de una relación profundamente armónica, cimiento sobre el que se asentaría el ambiente de seguridad que anhelaba para realizarse profesionalmente y afianzar su sentido humano. Cobijado por las certezas dentro de la relación, perfeccionó su hábito de imponerse y superar desafíos artísticos, políticos y espirituales. Solo así, únicamente en ese ambiente, era posible la formidable eclosión de su talento, tal como ocurrió. Antonio creaba, se diría, compulsivamente, sin parar, un día tras otro, un cuadro tras otro.
Su arte emergió con tanta intensidad y disciplina, que, en el último tramo de la década de los años 80, Antonio, con apenas diecinueve años, ya fue reconocido con una mención de honor en el Concurso Nacional de Grabado del Municipio de Quito, su ciudad natal.
Su irrupción fue una sorpresa para el ámbito del arte nacional, que veía un artista consumado a sus cortísimos veintiún años, con material abundante en volumen, calidad, concepto e innovación… de factura impecable para una primera exposición individual. Casi no hubo premio de arte en el país que no le fuera otorgado. Años de prolífica producción y, nuevamente, precoz desarrollo artístico, al abrigo grato del taller de la familia Guayasamín, en donde el propio maestro Oswaldo fue su guía y referente.
A los veintitrés, asumió con amor su condición de padre de Yaku y a los veinticinco, de Chaquira; la gestación de estas vidas interpeló la suya de maneras insondables. A partir de este hito, Antonio logra la síntesis pura de todas sus experiencias vitales, consolidando como resultado la creación de una técnica originalísima que se ha convertido en su sello particular en el arte contemporáneo del mundo: signos amazónicos grabados en cobre, fundido con papel de fibras de abacá, en grandes formatos.
Crear arte es, para Antonio, un acto de presencia absoluta en el momento. Esta noción, que adquirió intuitivamente a los siete años, entre el abandono, el encierro y la calle, alcanzó su cúspide muy pronto. Pero, como dice el propio artista, “la vorágine del mercado del arte y la prensa crearon una presión muy grande”.
Seleccionado para participar en la Bienal de Cuenca, se sintió empujado a salirse de sus propios cánones estéticos, sin observar el criterio de los jurados que le eligieron; trabajó sin descanso para la nueva creación que, estaba seguro, era una evolución en su obra. En el certamen, logró una mención de honor y la prensa le fue harto favorable. Antonio repasa nítidamente la fiesta posterior al veredicto de la Bienal: una bacanal con grandes artistas, personajes de la política y autoridades internacionales, corría el año 96, y Antonio contaba veintiocho años.
Este evento sacó al artista de la actitud absorta en su obra, le descolocó de su centro, y le condujo a despertar, por primera vez, a esa sensación que había intuido desde niño: para Antonio, existir significa crear, sí. Pero ahora descubría que esa existencia era frágil, si no aprendía a planear en las alturas hasta las que su arte le encumbraba. Este es el punto de inflexión que marca su transición a la adultez. Es un reencuentro consciente con la fuente de su creación, con su familia y consigo mismo. Vencer el vértigo y equilibrar la creación con el amor a la familia es, a partir de entonces y hasta este preciso instante, su mayor reto.
Antonio recapitula con ese nuevo enfoque toda su trayectoria, todas sus experiencias de vida, y decide que su existencia necesita equilibrio, cuyo centro sea él mismo, capaz de incluir, con la creación y el arte, todas las demás facetas que, ahora sabe, le constituyen como ser humano.
Con treinta años, Antonio inicia su camino hacia la construcción integral de su Yo más acabado. Quizás, su creación mayor. Cuando vuelve la mirada hacia lo profundo, su obra artística lo hace también, y se convierte en la expresión de su viaje interior, desde la convicción de que el arte debe ponerse al servicio de esa búsqueda, conmover para transformar, desde el Ser individual, todo nuestro planeta. La transformación del mundo, para este inmenso artista, es militancia, activismo y coherencia, en cada detalle, en cada minuto, en cada respiración. Es su impulso vital.
Al fin, en esta nueva cosmovisión, Antonio se convierte en alquimista de sí mismo, fundiendo exquisitamente sus logros con el vacío, sus límites con lo infinito, su mundo individual con lo transubjetivo. En este nuevo escalón de su re – evolución, como él la llama, en su obra reclama más fuerza la presencia de lo femenino. Jung, discípulo y, a la vez, detractor de Freud, notaría cómo, el anima, el principio esencial de lo femenino, ha escogido a este artista como medio de manifestación, para fundirse armónicamente con el animus, su principio identitario masculino. Sin proponérselo, la obra de Antonio constituye la expresión más acabada del arquetipo femenino, para este momento de nuestra historia como humanidad. Y, si Jung le conociera, diría que Antonio, con esta fusión de ambos polos universales de la psique, realiza su destino. Un paisaje muy raro y hermoso para contemplar: su obra, y su alma.
La siembra ha sido larga y dura. Y la cosecha es robusta, profundamente conmovedora. “El poder para transformar el mundo”, como muestra antológica de treinta y dos años de creación, es, ante todo, anuncio del nuevo universo que el artista Antonio Romoleroux está por crear. Será, como ya es su hábito, magnífico. Y, esta vez, sí, cuenta con alas propias para las cumbres que le esperan.
Quito, agosto de 2019

ANTONIO ROMOLEROUX
La complejidad de un artista

Hernán Pacurucu C.
Crítico y curador de arte

“La complejidad del pensamiento así como la reconstrucción de la realidad por el sujeto cognoscente nos lleva necesariamente a la transdiciplinariedad como método de investigación y como epistemología de la investigación y del conocimiento, que nos ayuda a penetrar en el conocimiento de la vida, la existencia, el conocimiento, el desarrollo humano, la educación y las disciplinas en las que se ha compartamentalizado el conocimiento científico. En la sociedad cada vez más compleja, sus antagonismos, desórdenes y conflictos conllevan necesariamente una ligazón de fraternidad espontanea y voluntaria. No hay otra garantía contra la fragilidad de la complejidad que la auto regeneración permanente de la propia complejidad. Es decir, que si queremos ser libres, tenemos que arrastrar los riesgos de la libertad”.

José Manuel Juárez/ Sonia Comboni Salinas

“cuando se habla de complejidad «… Se trata de enfrentar la dificultad de pensar y de vivir»”.

Edgar Morin

Lo que no se ha dicho de su obra

Pareciera que se ha dicho todo desde la perspectiva crítica acerca del trabajo de Antonio Romoleroux; sin embargo, también pareciera ser que se ha obviado lo más evidente, ese enfoque holístico que permite que el artista navegue entre disímiles aguas sin que su proyecto epistémico naufrague en dicho intento.

La pluralidad con lo que en principio se acariciaría su obra no obedece al mundo de la variedad, más bien obedece a la intrincada “esencia compleja” en que el artista formula su proyecto estético.

Tiempo atrás el joven Romoleroux, un artista prodigio –de esos que el afamado crítico de arte Arthur Danto dice que ya no se fraguan– y que a sus 26 años ya logró obtener el Primer Premio de Pintura “Mariano Aguilera” ; y contando ya con múltiples premios a su corta edad, configuró una necesidad devastadora por buscar nuevos rumbos una vez que el éxito lo consolido en sus formatos más admirados, como son los de la serie Mi esencia en tus sentidos que le precede al Premio, y que le consolida como el artista de renombre, obras como Árbol Sagrado (1995), Natem (1994), Sueños Propios (1995), No te rindas (1996), Uso de la magia 81995), Mango (1999), Fértil (1999), Líquido (1999), Hoy (1999), Curare (2000), EN (2000), Bosque Húmedo (2005), Cuarto Camino (2005), Tú eres sagrado (2005), Bioindicadores (2006), Antonia (2006), Su alma habita en la luz (2006), entre otras y que culmina en la gran escultura pictórica Mi esencia en tus sentidos, (2007) una instalación que resume toda la arqueología de esta serie. Quedarán en la memoria histórica y la retina aguda no solo de una crítica especializada sino que guardarán fortuna en los archivos de la memoria de un país entero.

Esta serie cuyo núcleo conceptual se alimenta de la fragilidad con la que el papel –creado a mano– sustituye esa naturaleza quebrantable mientras que el cobre multiplica la fuerza de una ciudad avasallante; sin embargo, el papel (naturaleza) mantiene ese embate de una ciudad que la corroe aun cuando no puede sostenerse sin ella: metáfora excelsa de la vida sin vida.

Edgar Morin (2004): El Método, Tomo 6. La Ética, Paris, Seuil, col. Points, p. 224.
Es el más antiguo premio que se realiza en Quito-Ecuador, premio muy prestigioso que fue ganado por el artista en el año de 1995.
Desde el año 1987 en adelante fue adquiriendo renombre y notoriedad ganando casi todos los premios del momento, entre ellos Primer Premio en el Salón Nacional de Pintura (1991), Segundo Premio en el XVIII Concurso Nacional de Grabado (1990), Mención de Honor en la V Bienal Internacional de Pintura de Cuenca (1996), entre muchos otros.

Resignificación de lo complejo

La arbitrariedad de lo epidérmico, cortejada por el sentido insólito, abogarían por un Romoleroux perenne incrustado en la autosatisfacción masoquista propia de la acumulación de galardones, en lo que la crítica modernista consignaría como estilo de autor, más aún el espíritu del artista arraigado en el sentido rebelde del mismo jamás permitirá precederse a sí mismo, estableciendo el intento de una copia de la copia de la copia.

Todo lo contrario, Antonio Romoleroux emerge como figura disonante en su propia producción, alimentado esa mirada holística que nos permite valorar la complejidad del pensamiento, para entender que su obra no es posible solo desde una mirada única, sino desde entender ese tejido enredado que se entrelaza y que configura todo un sistema diverso de obras, autorretratos, bocetos, series, fotografías confinadas con pensamientos, críticas, denuncias, apogeos, auges y afloramientos de un devenir del artista que nos permiten saber que Romoleroux no es solo una técnica, no es solo un estilo, tampoco lo es una temática, sino un conjunto, a veces neobarroco de esa combinación de todo ello, en definitiva para comprender al artista y a su obra hay que entenderle en toda la plenitud de lo complejo, y lo complejo entendido no como algo complicado difícil o enmarañado, sino como esa comprensión del mundo como entidad en la cual todo está entretejido, el complexus, es decir lo que se encuentra tejido junto.

Y es que: “lo tejido junto” da el sentido de individualidad (individuo =lo que no se puede dividir) al personaje en su propia cosmovisión compleja, solo así podemos entender que tanto Identidades sistémicas –una de sus series más tempranas– no compite con Amazonia espiritual , –un conjunto de oleos, grabados y esculturas– o que el Yo consiente no es un antojo fotográfico que
testimonial que narra las adversidades que vivieron, así como la superación y como se fortalecieron de ello.

emerge del capricho del grabador-pintor. Así mismo El mensaje de las modelos a la Humanidad tampoco puede ser entendida sin comprender el pensamiento sistémico que imagina la inestabilidad de la propia naturaleza en la reconstrucción de nuestras relaciones con ella, por lo que la configuración filosófico-cosmovisiva del pensamiento holístico del artista decanta en una singular propuesta plástica que reformula la historia del arte en una suerte de abanico extenso de disímil “comprensión de mundo” que tiene que ver con la complejidad de la vida y su relación con este mundo dado.

Configurada en base a la semiótica amazónica, la serie es un llamado a vivir la vida en armonía, y consta, como nos cuenta el autor “de una estilizada pictografía facial de algunas poblaciones aborígenes de la Amazonía y su significado son diferentes animales considerados sagrados, como por ejemplo: el jaguar, la anaconda y la rana”.
Según el artista la obra interdisciplinar aporta a la función social del arte retratando a personas que han sufrido experiencias de resiliencia, conjunto con el retrato va un

Nomadismo estético como conducta de lo contemporáneo

Entonces el devenir de Antonio, se constituye en esas idas y venidas que cuantifican lo complejo de su ser, pero lo definen como un contemporáneo insaciable que como Gabriel Orozco, Koons o cualquier visionario contemporáneo, no permite que su estética se encasille en un producto, el cual puede ser llevado a los infinitos designios del márquetin y por supuesto del mercado.

En este sentido ese escape se vuelve un nomadismo eficiente en cuanto rechaza la estreches de las metodologías estéticas y todo el aparataje histórico que pretende medir la obra de arte, en su afán más inquisitivo (crítica y curaduría de arte) para escurrirse entre los intersticios del estilo, de la belleza y de la técnica para hacernos entender que tenemos un artista turbulento, imposible de ser clasificado en algún apartado en el casillero de la historia y que su objeto de estudio da para largo, entendiendo que hoy a sus cincuenta años no existe metodología investigativa ni instrumento de brujería que nos permita saber los procesos de cambio que anticiparan sus nuevas maneras de mirar el arte.

Sus retratos, un mundo aparte

A la bitácora subyugante del autor sobresale el complejo y aislado mundo de sus retratos, tales como Autorretrato (1988), Autorretrato egocentrismo (1990), Autorretrato esquizofrenia (1990), Autorretrato (2012), entre otros.

Los mismos que testimonian de la forma más fresca el satírico mundo en que se desdobla el individuo, dando otra vez las pistas ineludibles y dejando en el bosque espeso ese recorrido de migas que nos permita seguirle la pista sicológica dentro de ese tornadizo cosmos en que pareciera que instaura su “sistema mundo” tan inconfundiblemente Romoleroux.

POR LA SINGLADURA DEL PENSAMIENTO DEL ARTE
DE ANTONIO ROMOLEROUX
Por: Umar Klert Ghov
Crítico de Arte

Por supuesto que es privilegio de pocos aquello de establecer en sus obras pictóricas lo que nos dijo Étiennen de Condillac, respecto de que “El arte de expresar los pensamientos es la primera de las artes. Antonio Romoleroux, en la mayoría de sus creaciones, nos acerca al aforismo, por alguien establecido, que a la letra dice: “El arte es el mensaje interno que expresa un individuo que tiene el poder de llegar a la fibra sensible de los otros a través de la emoción”. Ahora bien, existe una diferencia considerable en lo que tiene que ver con el concepto del arte y el pensamiento del arte; pues a juzgar por algunas obras de Antonio Romoleroux, damos por descontado que esto ha logrado profundidad en su ser creador. Como vemos no es aparente la simplicidad en la obra de este pintor, sino que por el contario hace alusión a la frase de Denis Diderot, en lo tocante a que “la simplicidad es uno de los caracteres principales de la belleza; es esencial en lo sublime”. Esto es evidente en el cuadro “La naturaleza y yo” ya que carece de accesorios innecesarios para evitar la distracción del pensamiento del espectador. En esta obra los colores hablan, expresan un sentimiento profundo y tan real como la vida misma y el diseño de las formas se establecen definitivamente en el tiempo y el espacio, sin duda con un propósito particular: estimular la inteligencia emocional y consecuentemente profundizar en la universalidad del mensaje. Esta pintura es una inspiración sui géneris, toda vez que en ella la verdad ha sido concebida a partir de los movimientos de las líneas, cuya orientación en el espacio para establecer la realidad visual ideográfica y fonética de los nativos de la Selva Amazónica.
Es importante destacar el pensamiento lateral, es decir, aquel que busca soluciones a problemas, no siguiendo las pautas lógicas utilizadas normalmente, apoyándose precisamente en ideas que se salen de lo habitual. Entonces la propuesta en todos los cuadros de la serie Amazonía Espiritual, parece huir de la existencia efectiva de la naturaleza; pero el pintor inmortaliza en su obra no los sonidos de la selva, no la fauna y la flora de manera literal; sino los signos que describen la diversidad biológica de la Amazonía. Seguidamente, podemos anotar que: Atendiendo a los rasgos característicos de forma geométrica, no obstante de la particularidad individual y la apariencia fragmentaria, es manifiesta la aproximación al efecto subjetivo de la razón de ser de esta obra pictórica.
Diremos entonces que la facultad inventiva del pintor Antonio Romoleroux, no está únicamente en el tema, los colores y el equilibrio, a decir de manera específica de los lienzos de la serie Amazonía Espiritual; sino que la idea es tan relevante, que nos recuerda a Pierre Proudhon, que sostenía que para él “…Era más importante la idea que había formado la obra que las cualidades formales de la misma”. Dicho esto, a mi juicio, se infiere la preponderancia del destino social de este cuadro, objeto de este análisis, toda vez que resulta obvio el estímulo de la razón, que es fundamental para la toma de conciencia.
Claro está que este artista no trabaja para su placer, más bien en la realidad de esta creación se advierte el compromiso, la responsabilidad y sobre todo su profunda y decidida respuesta frente al sistemático atentado que sufre esta porción natural del Planeta Tierra.
Lo más obvio del pensamiento en esta pintura (La naturaleza y yo) dilata en el tiempo la abstracción de la verdad favoreciendo así la construcción universal de la idea; de modo que la evocación de los colores y las formas se establecen en la realidad emulando la existencia humana en el plano horizontal y muy cercanos los escarceos tetra-dimensionales por la evidente atemporalidad en la simbolización de la belleza natural.
La agudeza cerebral del autor de esta obra, como vemos, no solo por la destreza en las diferentes técnicas del arte visual, sino también por su visión del mundo y la comprensión de la armonía entre naturaleza y pensamiento. La presencia de rasgos profundos de la fe en el hombre como ente trasformador y de cambio. La existencia de un pensamiento forjado en la quimérica realidad del bien común. Romoleroux tiene muy claro aquello de que el arte debe salvarnos. Que el fin del arte es la exaltación de la belleza humana en la generalidad de cuanto existe en el universo; y lo que es más: se advierte en estos trabajos de la Amazonía Espiritual una fuerte influencia del iluminismo, al que el Padre del Existencialismo resumió en esta frase: “La libertad y el poder individual solo pueden recobrarse a través la acción revolucionaria colectiva”. No hay duda alguna que Antonio Romoleroux ha logrado cambios profundos en el arte pictórico, sorprendiendo al mundo con un trabajo sin precedente: la narración de la existencia espiritual de la Selva Amazónica.
Labrado este maravilloso camino hacia la razón, el cometido de esta obra: es la contemplación de nosotros mismos “Como sustancia individualizada de naturaleza racional donde se plantea la superioridad del espíritu sobre la materia”. Esta libertad del pensamiento de Romoleroux aquilata la dignidad del arte, en estos momentos en que la sobrevaloración del pensamiento académico ha dado al traste con la razón del corazón, que como es de conocimiento común, su polivalencia está destinada a enriquecer la concepción del arte en todas sus manifestaciones.
Para citar a Kant ¿Diremos, que la obra de Romoleroux se mueve en el uso práctico de la razón? Por supuesto que sí, basta leer lo que se desprende del término “El arte por el arte” y a partir de allí el juicio concluyente será: que nos encontramos ante un creador pictórico de profundidad filosófica, lo que caracterizó a los grandes maestros de la pintura universal, que potenciaron la fuerza de la razón y la voluntad del espíritu sobre lo efímero del “placer estético”.

Antonio Romoleroux y sus búsquedas

Marco Antonio Rodríguez

El hombre

Antonio Romoleroux (Quito, 1968) es un ser humano lúcido y sencillo, torturado y fácil, cuya pasión cardinal en su vida ha sido -y será- el arte visual en una multivariedad de realizaciones: dibujo, pintura, escultura, instalación, grabado, serigrafía, litografía y una original proposición en la que funde papel de abacá trabajado por sus manos, enquistado por improntas de cobre de diversas formas, en cuyo trasfondo vibra la música de nuestra Amazonía oculta, tan cara para nuestro artista. (Antonio viaja con frecuencia a los parajes más secretos de esa región y extrae ideaciones y texturas de su insondable belleza). A su creación visual se debe añadir su otra pasión: sus inacabables estudios sobre ‘Resiliencia’ y su ejercicio práctico dictando seminarios o asistiendo a personas que acuden a sus conocimientos de esta disciplina.
Por los setenta, en mis recorridos por las librerías de Quito, Pomaire de Susana Romoleroux, era, sin duda, la que más me convocaba. Susana y su hermana Martha –madre de Antonio-, generaban esfuerzos denodados por traer libros de la más alta calidad y para estar al día en lo que las editoriales internacionales publicaban. Además eran habitúes de la librería intelectuales y artistas de la época y allí entrañé amistad con varios de ellos. En sus estrechos pasillos, entre estanterías atiborradas de libros y paredes enlucidas por hermosos afiches o los soberbios dibujos de Pilar Bustos, aparecía Antonio siempre rayando sobre toda clase de soportes. Solía abrir desmesuradamente los ojos y no sé por qué, vienen a mi memoria los ojos que pintaba Margaret Keane.
Amor, perplejidad, asombro, desconcierto, creatividad, aguzamiento de su sensibilidad…: el universo de la niñez de Antonio. Libros cuyos lomos exhibían relieves y letras preciosos, diversidad de papeles que ahora son de museo, láminas que los ilustraban, arte, artistas… Husserl enfatiza en que la conciencia y el mundo se dan al mismo tiempo: exterior por esencia a la conciencia, el mundo es por esencia relativa a ella. El caso de Antonio prueba esta aserción. Conocer es estallar más allá de uno mismo, hacia lo que no es uno mismo. Romoleorux es un ser insatisfecho como todo artista genuino. Las búsquedas de contenidos y formas signan su obra. Pero no conforme con sus series visuales sigue leyendo, pensando y difundiendo Resiliencia.

Estudios

A los diecisiete años Antonio se instala en el colegio de Artes Plásticas de la Universidad Central del Ecuador. Sus dibujos y pinturas de su niñez y adolescencia fueron coleccionados por su tía Flora de entrañable recordación para nuestro artista. Su avidez de conocimientos le conminaron a una búsqueda incesante que le abrían diversas vertientes de las artes visuales. A más de las materias de su colegio, estudió grabado en metal en el taller Grafi-K, serigrafía con el español Antonio Sánchez y litografía en piedra con el brasileño Saverio Castellano, y, sin darse tregua, omitiendo sábados, domingos y días de guardar, trabajó durante dos años con Oswaldo Guayasamín.
Los frutos no se dejaron esperar. En 1987 participó en su primera exposición colectiva y recibió su primer premio en el Concurso Nacional de Grabado del Municipio de Quito, distinción que merecieron sus trabajos por cuatro años consecutivos. En 1991, a sus veinte y tres años, obtuvo el Primer Premio de Pintura en el Concurso Nacional del Ministerio de Educación y Cultura. En 1995, a sus veinte y siete años, obtuvo el Primer Premio de Pintura Mariano Aguilera, certamen promovido por el Municipio de Quito de sólido prestigio, en 1996 fue mencionado honoríficamente en la Bienal de Cuenca, certamen cuya importancia ha adquirido fama mundial y en 2016 recibió la Mención de Honor en el Primer Salón Pan-amazónico en Manaos, Brasil.

Resiliencia: breve apunte

Antonio Romoleroux se adiestró en esta disciplina apenas llegaron a sus manos libros sobre la misma. Aprendió conceptos, procesos y técnicas (si cabe la expresión), respecto de este sistema que no se focaliza solo en individualidades, sino en el sujeto que sufrió un trauma severo y su medio o contexto social: nexos familiares, laborales, económicos, amistades…, decisivos en su recuperación. Muertes de seres amados, disoluciones conyugales, violentismos, despedidas…, son tratados por este medio. La palabra halla su raíz en el latín resilio: rebote. Difiere de resistencia (la más citada), u otras más lejanas, como instinto o emergencia. Esta opacidad de resiliencia genera confusión.
Antonio, que se ha convertido en un experto atiende personas con voluntad de salir de laceraciones síquicas devenidas de vivencias trágicas. En su relatorio sobre esta materia me convierto en su discípulo, tal su acervo de conocimiento y su vivo entusiasmo por este recurso de sanación de reciente data. Resilio: <>. El salto no es de un instante a otro, se requieren tiempo, y una multiplicidad de ejercicios colaterales. Adaptación significativa y positiva en la adversidad. Domeñar los conflictos interiores, aquellos que desgarran los pozos más ocultos del ser y salir airoso. Procesos y acciones que en el siglo veintiuno gana más adeptos cada día.
Hay materiales que se doblan sin fracturarse y recobran su forma originaria (el arco que arroja una flecha). La resiliencia opera en individuos y en grupos humanos. El desgarro que sufre una persona o la tragedia que sobreviene a una nación (guerras o desastres naturales). En nuestra hora se ha multiplicado de este proceso, sea en forma individual o grupal. Desde la Neurociencia se considera que las personas más resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a situaciones catastróficas. Lo propio acontece con conglomerados humanos (el factor cultural gravita de manera poderosa en estas situaciones. Entereza más allá de la resistencia. El ser humano siempre buscará escapismos para su sufrimiento, pero el proceso resilente fluye en el campo de la ciencia. Secuencia de procesos en los cuales los entornos son indispensables.

La obra

Antonio vive en una casa en el norte de Quito, austera y cálida. Un estupendo retrato de su hijo irradia esa energía, y, por supuesto, la del artista. Espigado, reticente y familiar, solitario que no ha perdido su bonhomía que esparce a manos llenas a quienes se le acercan. Siempre que me he reunido con él, al despedirme, nunca quise verle su rostro, siempre tuve recelo de verle evaporarse, disuelto en el aire. Vivaz, transparente, generoso, claro, Romoleroux es un artista que vive dedicado a su oficio creador y ha obtenido reconocimiento dentro y fuera del país. De su personalidad mana reflexión, sobriedad, modestia. Una luz primordial que irradian algunas de sus obras parecerían propias de su esencia humana. “Yo soy yo y mi circunstancia, ¿somos tan libres como pensamos?” La manida frase de Ortega y Gasset rondó mi memoria mientras circulaba por los espacios de la casa taller de Romoleroux. El hogar en el cual nació y creció el artista fue determinante para su pasión por la creación visual, qué duda cabe.
El primer ciclo de su obra la denominó Identidades sistémicas. Antes de adentrarnos en ella vale recordar una obra que -¿premonición o certitud?-, signaría su ruta. La escultura del Concurso Nacional de ese arte datado en los noventa consistió en un móvil ejecutado con suelda y hierro pintado. ¿Astrolabio?, como lo ubica el notable historiador de las artes visuales del siglo veinte Hernán Rodríguez Castelo?, es muy posible. Para mí consiste en un artefacto que hinca sus raíces en nuestras culturas ancestrales. ¿Conocía Antonio los Hipercubos de Estuardo Maldonado? Conocedor o no de esa histórica propuesta de Maldonado con base a nuestra culturas originarias, Antonio logra una obra hacia allá, es decir, hacia nuestra raigalidades.
En un primer paso de este ciclo Antonio cede ante la tentación de hurgar en sus laberintos interiores. Lecturas intensas de Franz Kafka y de Pablo Palacio, fundamentalmente, incidieron en ese ciclo. Y las de Sociología del Arte que hasta ahora es una de sus pasiones. La Serie abarcó todas las técnicas de grabado: aguafuerte, aguatinta, punta seca, serigrafía, litografía en piedra, y un conjunto de obras en las que fusionó varias técnicas (serigrafía y litografía, las más valiosas). Luego de esta vivencia, Antonio se dedicó a investigar el precolombinismo: el arte de nuestras culturas madres.
De esta ‘vivencia’ (experiencia que entra a integrar parte del ser), trabajó escultura en mármol, pero, sobre todo, develó una propuesta que la considero muy suya, acaso única en nuestras artes visuales. Fundir el papel artesanal de fibras de abacá urdido por sus manos para otorgarle consistencia y textura apropiadas, con cobre grabado al aguafuerte y aguatinta y soldado con plata en grandes formatos. Algunas de esas obras desbordan las dimensiones ‘tradicionales’ y tienden al muralismo. Semejan mantos de dioses ancestrales. Bellos, imponentes, exhalan tiempos remotos y lucen insuflados de vida propia. Mantos imperiales pero austeros, sobrios, cuya hermosura estriba justamente en esa pátina que cede el tiempo pasado y acaso por venir y que Antonio lo logra con el prodigio de su arte. Conviene traer a la memoria los formatos gigantes de grabado de Antoni Tàpies, pero, estamos ciertos que ningún otro ha ensayado esta forma, salvo Romoleroux.
Amazonía espiritual es otra de las series trascendentes de nuestro artista. Óleos de mediano formato resueltos en volutas magistrales en las que Antonio retoza y goza con la cromática, develándose como un maestro del color. Su fundamento: la semiótica de nuestra Amazonía. Y hay que reiterarlo hasta la fatiga, esa región milagrosa convoca una de las mayores biodiversidades del planeta y sus habitantes la mantienen articulando viejas prácticas sustentables heredadas en el tiempo de generación en generación. Aunque este no es el espacio propicio para dilucidar el vidrioso tema de la interculturalidad, es indispensable aclarar que los pueblos nativos de nuestra Amazonía generan esfuerzos denodados por mantener incólumes sus usos, costumbres, idiomas, tradiciones… Los signos utilizados por Romoleroux en esta serie corresponden a una suerte de fagotización intelectiva y espiritual que ha realizado el artista de la estilizada pictografía nativa. Jaguares, anacondas, ranas… que se deslizan en las obras de Antonio, son considerados animales sagrados en los pueblos aborígenes de nuestra Amazonía.
Y acaso en esta misma línea, aparece otra de las series de Antonio Romoleroux: Piel de la selva. Esta serie acopia retratos en dibujo y formatos impresionantes e impactantes. Algunos de los modelos son hombres y mujeres de la selva profunda que Antonio recorre con ahínco cada vez que puede. Otros tienen elevado y hondo nivel de conciencia respecto de la importancia de la biodiversidad de la Amazonía. El concepto se raigaliza en una utopía admirable: traer la selva a la ciudad y no llevar la ciudad a la selva, todo, resuelto en contextos formales y conceptuales del arte contemporáneo.
Mi esencia en tus sentidos: otro de los ciclos creativos de Romoleroux. El material ya aludido en párrafos anteriores, esto es, papel hecho a mano fundido con cobre grabado, elaborado con fibras de abacá y que simboliza la naturaleza con su armonía, sabiduría y salud. El cobre en su connotación citadina de material industrial generador de estropicio, codicia y estrés. El papel es un símbolo de la fragilidad y el metal de la fuerza. Sin embargo, el papel es lo que contiene al metal (las fragilidades transmutadas en fortalezas). Los signos grabados en el cobre son estilizaciones de multidiversas culturas amazónicas en las cuales Antonio ha zahondado con avaricia de minero solitario. El papel representa a Asia Oriental, el metal a Occidente y los signos a nuestra América, en especial a la del sur.
El Yo consciente es una serie interdisciplinaria que aporta a la función social del arte con un colección de retratos visuales y testimoniales de personas de distintas edades, condiciones socioeconómicas y culturales que han vivido experiencias de resiliencia, entendida esta, como la capacidad humana, individual y grupal de superar adversidades, es más, emerger de ellas fortalecidos plenamente. Los testimonios escritos por quienes han sido favorecidos por esta disciplina, se complementan con sus retratos. Las imágenes y los textos testimoniales fueron realizados en Ecuador, Chile y Estados Unidos.
En la hora actual, Antonio se halla trabajando una serie denominada Mensaje de las modelos a la Humanidad. Desnudos femeninos resueltos desde un realismo vivo y modular. El artista formula una sola pregunta: ¿cuál sería tu mensaje a la humanidad? La respuesta va escrita en los dibujos que ejecuta el artista. Visualización y zahondamiento en los seres humanos (mujeres) que por sus cualidades físicas irradian belleza pero a la vez, en el proceso de ejecución de los dibujos, van develizando lo que sienten dentro de sí. Internalización y sondeo en los recovecos de sus personalidades. Plasmación de sus pensamientos, sentimientos, voliciones… Las modelos solo han sido tratadas como ‘objetos’ para el arte, pero nunca se han plasmado sus interioridades.
En el título de este ensayo sobre Antonio Romoleroux consigné la palabra búsquedas. Es, sin duda, la que mejor define y concierne su creación visual. Y todo artista genuino –y Antonio lo es- sabe que su camino carece de horizontes. Que es un sendero donde después de hallar uno, cercano y lejano a la vez, aparece otro y otro, así, su vida es condena y liberación, y su arte un vasto espacio sin confines. Que así sea.

La obra de Antonio Romoleroux, Dra. Inés Flores

El tiempo y a la la idea de intemporalidad, que preocupan a ciertas corrientes contemporáneas del pensamiento, se hallan de algún modo tras la obra de Antonio Romoleroux, desarrollada entre dibujo, pintura, grabado, ensamble y fundición del cobre con papel artesanal… Después de superar la primera etapa figurativa inscrita en el surrealismo, comenzó a estilizar, hasta conquistar la libertad abstracta y vigorosa vigente. Enfrenta la pasión por el problema del espacio, yendo desde unos amplios vacíos hasta superficies abigarradas con signos, muchas veces divididos en cuarteles geométricos que alojan trazos e ideogramas en relieve. Ocurre que el artista se ha interesado por las huellas de las culturas aborígenes, en forma de símbolos y signos, especialmente de la Amazonía. Antes, Romoleroux había generado sus propios trazos sígnicos, en función meramente estética. Más eso le llevo a la investigación de la semiótica ancestral, que ahora prima en sus obras.En su trabajo hay una relación con lo metafórico y con lo alegórico; no ha manera de relato, sino como datos fragmentarios pero coherentes, que nos ofrecen pistas para la reflexión sobre existencias que para el espectador común resultan exóticas. Los signos y símbolos que utiliza representan animales, aves, insectos de la selva, y quizás dicen cosas que más allá del ambiente al que pertenecen ni siquiera es posible imaginar.En cuanto a la técnica que este artista emplea actualmente, hay que destacar de un lado su dedicado trabajo con los ácidos sobre el metal y de otro la elaboración manual del papel y sus múltiples procesos, que van sucediéndose, encadenados, hasta alcanzar su forma definitiva, de singulares condiciones matéricas. Canalizado su creación hacia formas nuevas, comprometidas con las técnicas de la gráfica, de la mano con los procedimientos artesanales más elaborados, hasta lograr espléndidas texturas o estupendas luminosidades, gracias a la virtuosa fusión del papel artesanal y el cobre. Esto, ligado a los significados del mundo Amazónico, donde hay residuos y testimonios de vivencias milenarias, huellas de formas perdidas, que sitúan a la imagen y al objeto en circunstancias absolutamente ajenas a nuestro mundo. En todo caso, como en los rincones mágicos, las fibras vegetales y el metal extraído de las entrañas de la tierra, al unirse concluyen en una obra de arte. Desde luego, el signo no llega aquí a la representación real de sus contenidos pero se articula con las tradiciones de las etnias que los utilizan, y en cuya vida la magia es un factor importante. Romoleroux adopta esa suerte de escritura ancestral, para cargarla con su propio pensamiento, de manera que le sirva para expresar su personal actitud como artista. El trabaja en su taller, dibujando, haciendo papel y combinándolo con el cobre para conseguir un soporte sobre el cual graba sus misteriosos mensajes. Diríase que su mano es guiada, inconscientemente, por los espíritus de la selva, cuyas voces inaudibles intentan, quizás, advertirnos sobre los peligros de la destrucción de la floresta primitiva. Pero nosotros nos quedamos solo con la admiración que nos producen los trazos del artista y la original técnica que emplea.El trabajo de Romoleroux revela un gran talento, amén de una dedicación obsesiva a una obra que viene construyendo desde su más temprana juventud, pasando por diferentes etapas y en un infatigable proceso de investigación en solitario, que le ha permitido alcanzar los altos niveles que ahora registra su producción artística. Una producción original, consistente y admirable, que no puede compararse con nada de lo que conocemos. Por eso es posible decidir que Romoleroux, con su obra reciente, es único y como tal ocupa una posición destacada en el concierto de la plástica nacional.

La obra de Antonio Romoleroux, Rodrigo Villacís Molina.

Infatigable y ascendente es la trayectoria de Antonio Romoleroux como artista. Se preparó a consciencia para responder de manera solvente a su vocación. Lo demás quedó librado a su creatividad, que no tardó en manifestarse de manera muy personal, sobre todo gracias a sus investigaciones de los signos de culturas ancestrales, cuyas posibilidades graficas aprovecho, manteniéndolas como simples referenciasen una serie que no ha concluido y que , por su originalidad, le ha distinguido en el medio donde se desenvuelve.Investigó también Romoleroux las técnicas y logró fusionar láminas de cobre delicadamente trabajadas, en una suerte de ensamblaje con papel hecho a mano, por él mismo, a base de diferentes fibras vegetales, para dar forma a obras que, a su modo de ver, armonizan la naturaleza y la ciudad, la sabiduría de aquella y el estrés de ésta. Él ha adoptado el papel manufacturado como símbolo de Oriente, el metal como símbolo de Occidente y las antiguas grafías como símbolo de nuestro continente, para crear lo que considera objetos artísticos de carácter sincrético y universal. Por lo general estos “objetos” funcionan estéticamente muy bien y constituyen obras incuestionablemente valiosas, en las que una caprichosa morfología, una cromática intensa y un generoso despliegue de texturas, producen, al combinarse, hermosos efectos con insinuaciones mágicas.Hombre de su tiempo, Romoleroux trabaja también, con la fotografía digital intervenida y los recursos de los más adelantados programas de computación. Como en el caso de Niño Huaorani cubista, con un filtro de Adobe PhotoShop y copiada ala óleo sobre tela. Se trata de una obra muy interesante, que no solo debe de haberle exigido una gran inversión de tiempo sino además una readecuación de su óptica para descifrar los códigos visuales del programa.Esto revela el carácter de un artista que avanza sin quemar etapas y cuya obra actual -sustentada sobre un esforzado trabajo de más de 20 años- responden a un presente rico en novedosas posibilidades, en cuanto a técnicas, pero que no tienen porque desplazar a la obra que Romoleroux ha venido construyendo, con éxito, a lo largo del tiempo. Pueden coexistir sin problemas, multiplicando el lenguaje de éste artista que tiene mucho que decir.

Las piezas de Antonio Romoleroux, Julio Pazos Barrera, Quito, 4 de marzo de 2009

Pienso en alta voz delante de estas 21 piezas de una serie de 50 trabajadas por Antonio Romoleroux durante estos años. Mi pensamiento exige que las ubique en los contextos que se entretejen en sus organismos. Se dice que la palabra contexto la tomó el escritor cubano Alejo Carpentier de algún ensayo de Jean Paul Sartre.En este instante solo importa saber que los contextos son los grandes componentes de la cultura y que son englobantes, pero también diferenciadores. El artista y su obra procesan los contextos culturales en los sentidos de producción y de consumo, en un constante dinamismo.Pero antes, una somera referencia a la índole de los objetos que una vez tocados por la luz se reconstruyen en nuestros ojos. En un primer momento, atraen la atención estos artefactos que en apariencia pueden parecernos cuadros, pero que en realidad no son como los lienzos clásicos de superficies homogéneas enmarcados con gruesas molduras doradas. Estos artefactos se sitúan a un paso de las esculturas o de las tablas talladas con que los antiguos recubrían las paredes.Lo primero que salta a la vista es la calidad y textura de los soportes. Viejos materiales que Romoleroux ha reencontrado y sujetado a la labor creativa. De la vieja China es la invención del papel; de la antiquísima entraña de la tierra es el cobre. Es oportuno comentarlos: el papel artesanal de abacá se presenta con una apariencia de espuma solidificada; asoman láminas abrillantadas de cobre, pulidas y restregadas con el fin de manipular los caudales de luz que las iluminan; aparecen conchas spondylus de dos clases, rojas princeps y violetas calcifer, pulidas a fin de que dejen ver sus formas diseñadas durante largos períodos de existencia submarina; se completa el conjunto con baños de color en ocasiones clarificados con blanco y en otras muy cerca a los tonos primarios.La peculiaridad del tratamiento de los soportes reside en su ensamblaje. Los pormenores de la inserción son francamente secretos, porque eso de capturar las láminas de metal o las conchas con delgadas planchas de papel es cosa de paciencia y exactitud. Los observadores no sabemos cómo funciona esa técnica.De vuelta a los contextos, cabe decir que el ascenso de los materiales a la dimensión artística es producto del enlace de varios de ellos. No me extenderé en tan amplia problemática, solo resumiré algunas informaciones. Uno es el contexto histórico, en este caso, de la historia de las formas artísticas y en particular del ensamblaje en el arte quiteño. Del tiempo hispánico se conservan pocos artefactos ensamblados: tres Vírgenes presentan el procedimiento de los apliques de telas estucadas y coloreadas sobre lienzo, estas son la Virgen de Chiquinquirá en el monasterio de San Diego, una Virgen en la capilla lateral del lado del Evangelio en el Santuario de Guapúlo y una Virgen de Quito, bordada y coloreada sobre lienzo, inmersa en una maraña de pequeñas flores de seda, de la colección del maestro Oswaldo Viteri.Del primer siglo de la República solo conozco la obra intitulada El Pudor, que más que ensamblaje es un collage, de Juan Agustín Guerrero, del año 1852 y que forma parte del álbum que perteneció al señor Wilson Hallo.En torno a 1960 y de los artistas del grupo VAN son memorables los ensamblajes de Enrique Tábara, Gilberto Almeida y Aníbal Villacís. La tendencia fue denominada precolombinismo. Los gruesos artefactos se lograron con aplicaciones de estuco, arena, conchas, circunferencias de metal, polvo de mármol, etc. De hecho, esas texturas recordaban las superficies pétreas de Ingapirca o las más antiguas de las sillas manteñas…Un poderoso ensamblaje de sogas y telas pegadas a una superficie dura es el cuadro Los Cargadores de Mario Solís, que pertenece a la colección del Banco Central del Ecuador. Sorprendentes ensambles obtenidos con antiguos brocados y muñecas de trapo compuso Oswaldo Viteri.En este trayecto, de alejamiento de las pinturas clásicas de caballete, propias de la modernidad iniciada en el Renacimiento , se ubican las piezas de Antonio Romoleroux. Él ensambla conchas, papel artesanal y láminas de cobre. Por cierto, con las diferencias propias de su inventiva y con las inserciones del intaglio y el grabado. La continuidad de la propuesta revela una concepción del arte fundamentada en la búsqueda de otros medios de expresión, es decir, de los que le permitan transmitir sus preocupaciones teóricas y los valores que constituyen su experiencia vital.Otro contexto es el que estudia la Antropología Cultural, que se desarrolló en el Ecuador en la década de 1970 y que en la actualidad conjuga los aportes de la ecología. En este contexto se concentran las reflexiones de Antonio Romoleroux. Según se piensa, el hombre precolombino no separaba su existencia del fluir de la naturaleza, es decir, del cosmos. No era el hombre el rey de la naturaleza de la concepción renacentista, naturaleza a la que podía modificar a su antojo. El hombre precolombino respetaba el entorno natural y su sapiencia consistía en descubrir los secretos de él con el fin de aplicarlos a su propia existencia. No fracturar el ritmo era preservar la buena salud. Hoy diríamos que se trataba de otra utopía. Pero, bien entendemos un poco tarde, en la actualidad ,el alto precio que significa el provocar la desaparición de la capa de ozono y el de haber talado los bosques, etc. El adelanto científico salvará al género humano, es el ideal de nuestro tiempo, pero mientras tanto, solo nos queda mirar la temprana luz solar situados al borde del abismo.Claro está que el artista Romoleroux no tiene por qué escribir un ensayo antropológico, primero porque su lenguaje es el del código visual plástico, y segundo porque su campo es el de la intuición y no el de la lógica. Su actividad es la de proponer enigmas para que el observador se apropie de ellos, los disfrute en silencio o los agreda con sus invectivas. Así pues, sus formas rectangulares, de supuestas ventanas, pueden significar el intento de apresar la diversidad del mundo en el marco de una conciencia sobria y minimalista. El contraste entre el papel de origen vegetal y el mineral procesado pueden manifestar la oposición entre el campo y la ciudad. En este sentido, el papel que enmarca la plancha de cobre querría decir que la ciudad depende, para funcionar, del campo y de la selva. Desde otro ángulo, la presencia de las spondylus y los simulados petroglifos nos remite al lejano tiempo del hombre maravillado por los seres naturales y el despliegue de las constelaciones en las noches despejadas.Otro contexto es el de la posmodernidad entendida, en este caso, como la liberación de técnicas. Estos artefactos eluden la perspectiva clásica, la representación del volumen, la iluminación focal, pero recrean los planos visuales originados en el moderno diseño de interiores; sugieren una ilimitada noción del espacio. No vemos aquí la rosa cromática, sino una personal selección de ocres que tiran al pardo, el blanco hueso, los deslumbrantes rojos y lilas de las conchas y algún añil. No será el pincel la prolongación de la mano sino la espátula y otros instrumentos inventados por el autor. Es la posmodernidad que se opone a la ilusoria mimesis de la escultura y del cuerpo humano de los cuadros de Ingres. Es la posmodernidad que yuxtapone distantes contenidos con nuevas veneraciones. Como nunca, las distancias entre las formas de los contenidos, dan lugar a la participación activa del observador, a sus resonancias emotivas y a sus conceptos siempre coartados por el factor lógico de las palabras y de la sintaxis. No hace falta convertir en discurso las sugerencias que incesantes emanan de las obras.Pienso en alta voz y evito alterar la percepción de los observadores con calificativos que, a pesar de la lisonja, envejecerán lentamente como las manzanas. No encasillo las obras de Romoleroux bajo el enunciado de arte conceptual porque el observador solo responde al estímulo visual, es decir, al significante y no a las intenciones del artista. Primero y en este caso, las emociones que desencadenan las obras provocan estados de contemplación relajante, de liberaciones de las pesadillas que nos enervan en cualquier momento y en cualquier lugar. Luego vendrán las reflexiones y por ende, los conceptos, como en todo arte, siempre de la exclusiva cosecha de cada observador. Cuelgan los artefactos de las paredes de este salón, luminarias que Romoleroux ha extraído de la atmósfera de su mundo interior y que, generosamente, las ha instalado en la sensibilidad de quienes acostumbran dialogar con las voces del cosmos.

La obra de Antonio Romoleroux, Trinidad Pérez,

La obra de Antonio Romoleroux se basa en la concepción de que el arte debe responder de manera honesta a la filosofía personal del artista. Solamente así puede tener alguna validez. Aunque este principio en teoría puede parecer elemental, en la práctica no lo es. Implica la posibilidad de un desfase de las corrientes artísticas internacionales, pero en cambio permite, el desarrollo de una obra de arte auténticamente personal que responda a su cultura, su entorno, su historia. Por lo tanto el trabajo artístico de Romoleroux está sustentado en la definición de una sintaxis artística propia en la que la investigación técnica cumple una función primordial en la formulación conceptual.En este sentido, su proceso de desarrollo como artista así como el de elaboración de sus piezas es de suma importancia. Inicialmente investigó las posibilidades simbólicas de los signos en la escultura. Luego, trasladó este interés al grabado en el que profundizó las posibilidades técnicas del papel y conceptuales del signo.El papel no es un soporte inerte e inexpresivo; en su origen, en su proceso de elaboración y en la historia de su uso guarda una carga simbólica. Para activar este contenido que podríamos llamar “natura” el artista ha investigado empíricamente la elaboración manual del papel. Esto le ha llevado a trabajar con distintas fibras como la cabuya o el abacá. Su intención es elaborar un papel que en su misma composición material guarde un significante pero que a la vez le dé el necesario soporte técnico: que sea suficientemente flexible, elástico y resistente para soportar la fundición con una plancha de cobre o para resistir el proceso de grabado en gran formato. Si en general esta técnica ha estado limitada por el tamaño del papel comercial como por la escala de las impresoras, Romoleroux supera estos obstáculos produciendo su propio papel e imprimiendo en una prensa construida por él. Vence cualquiera de las limitaciones de las convenciones técnicas o de infraestructura local, “inventando” una técnica adecuada a sus particulares necesidades expresivas.Así como la técnica y el soporte guardan una significación conceptual, el sistema simbólico resulta de una profunda reflexión que consiste de lecturas sobre teoría semiótica, investigación sobre las culturas amazónicas y elaboración de una simbología personal que recoja este proceso. Esta etapa intelectual es superada por una intuitiva y gestual al momento de creación. El signo originario, si bien a veces se mantiene en su forma autentica, es una simple referencia, una evocación que se convierte en la huella de aquel proceso y del acto de libertad que éste implica.En su obra, es la necesidad de alcanzar un estado de liberación expresiva la que permite que todo el acto creativo, desde la elaboración artesanal del material hasta el proceso intuitivo que conlleva la producción de la imagen, esté integrado por lo lúdico.

La obra de Antonio Romoleroux, Rosalía Arteaga, Julio 13 de 2013

En este día luminoso de Julio, tengo la satisfacción de presentar la exposición de un extraordinario artista plástico ecuatoriano como es Antonio Romoleroux, puedo garantizar que no permaneceremos imparciales cuando contemplamos con detalle y dejamos que nuestros ojos penetren los trabajos del artista Romoleroux y testimoniamos la morosidad con la que entrega cada cuadro, con temas recurrentes como los mandalas, o cuando el artista quiere traer la selva o el bosque a la ciudad, con una especie de aproximación onírica que le aporta riqueza a los trazos ya de por si complejos y bien logrados. Los espíritus del artista se hacen presentes, a través de cada uno de los cuadros en los que yo quiero percibir un compromiso con la naturaleza, con el ambiente, con el entorno, con la tierra, lo que transforma a su pintura en aliada invalorable de quienes denunciamos un punto de no retorno frente al cambio climático, y en el que solo cabe adaptación, mitigación, y, a veces, sacrificio. Allí está la mirada del niño huaorani, inquietante, como para no olvidarlo, ni lo que significa, ni lo que pretende en la floresta milenaria, acosada por tantos peligros indescriptibles, en los que la mano del hombre «civilizado y civilizador» tiene una responsabilidad innegable. El niño huaroni cubista es un cuadro difícil de sacar de nuestras retinas y memorias. En este mismo sentido, Romoleroux recrea la textura y la belleza de la spóndylus, dejando que recorramos las nervaduras de las valvas, que en una época sirvieron de moneda para trocar mercancías, y que ahora recuperan su valor como objetos artísticos de gran valía. No se puede permanecer impasible ante la obra de Antonio Romoleroux, el artista del abacá y del cobre, o más bien del abacá y del metal, quien somete a los materiales a taumatúrgicos ritos que nos hacen adentrarnos en los temas de la naturaleza y aún más allá, a los que relacionan a esta con los haceres de un Demiurgo que va copando superficies y llegando, aún en medio de la sencillez, a saturar los espacios que se le ofrecen. La pasión del pintor por los temas Amazónicos es otro aspecto que cabe la pena resaltar. La magia desborda la obra de Antonio Romoleroux, en cada una de sus piezas trabajadas con rigor, en la que la innovación se hace presente en cada momento, dejando el regusto de lo que se contempla finito, pero que se presiente infinito y hasta inacabado. Parece que las texturas tanto de cuadros como de las instalaciones, quisieran saltar de la pared o de los espacios en los que se encuentran colocados, a nuestras manos, para dejarse palpar, reconocer, acariciar, para que el trabajo del artista pueda justipreciarse en todas sus dimensiones y magnitud. El trabajo previo a la elaboración de la obra de arte, en el caso de Antonio Romoleroux, se incorpora a la obra misma, en la producción de la fibra de abacá, del papel, de los lienzos, de las mixturas con los metales, conseguidas con el trabajo de la mente y del espíritu para trasuntarse en fusiones, en experiencias sensorialmente maravillosas en cada uno de sus cuadros. Los intaglios de Romoleroux son de una belleza estremecedora, no puedo dejar de mencionarlos porque me siento seducida por estos intaglios con iluminación al óleo, que demuestran el trabajo intenso y de detalle que significa esta antigua forma de grabado, usado también para garantizar la seguridad de documentos como son los billetes, pero que se emplea de manera magnífica en el arte presentado por este artista comprometido con su causa. Los colores intensos nos cautivan y nos llevan a pensar en ritos, en magia, en el poder que los símbolos, como los signos en rotación de los que nos hablaba el maestro mexicano Octavio Paz, entrañan para el ser humano. Signos en rotación, magia que penetra, cautiva, intriga, se mece en las olas de la imaginación, se perpetúa en su misma entraña, se riega por los intersticios del alma. Signos en rotación, husmean, permean, se deshacen en miríadas de líneas y de curvas, adoptan giros imprevistos unos, otros en secuencias que parecen conjuros. Signos en rotación que deletrean escondidos códices, murmuran al oído secretos innombrables, se detienen para permitir el paso de superficies intocadas, sin mácula, dejando que los ojos perforen, oteen, se introduzcan y causen una miríada de sensaciones y percepciones imprevisibles. Intaglios de Romoleroux.

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