Textos Críticos y Curatoriales

TEXTOS CRÍTICOS

Libro antológico: “Antonio Romoleroux”, 2018.
Antonio Romoleroux y sus búsquedas
Marco Antonio Rodríguez

El hombre
Antonio Romoleroux (Quito, 1968) es un ser humano lúcido y sencillo, torturado y fácil, cuya pasión cardinal en su vida ha sido -y será- el arte visual en una multivariedad de realizaciones: dibujo, pintura, escultura, instalación, grabado, serigrafía, litografía y una original proposición en la que funde papel de abacá trabajado por sus manos, enquistado por improntas de cobre de diversas formas, en cuyo trasfondo vibra la música de nuestra Amazonía oculta, tan cara para nuestro artista. (Antonio viaja con frecuencia a los parajes más secretos de esa región y extrae ideaciones y texturas de su insondable belleza). A su creación visual se debe añadir su otra pasión: sus inacabables estudios sobre ‘Resiliencia’ y su ejercicio práctico dictando seminarios o asistiendo a personas que acuden a sus conocimientos de esta disciplina.
Por los setenta, en mis recorridos por las librerías de Quito, Pomaire de Susana Romoleroux, era, sin duda, la que más me convocaba. Susana y su hermana Martha –madre de Antonio-, generaban esfuerzos denodados por traer libros de la más alta calidad y para estar al día en lo que las editoriales internacionales publicaban. Además, eran habitúes de la librería intelectuales y artistas de la época y allí entrañé amistad con varios de ellos. En sus estrechos pasillos, entre estanterías atiborradas de libros y paredes enlucidas por hermosos afiches o los soberbios dibujos de Pilar Bustos, aparecía Antonio siempre rayando sobre toda clase de soportes. Solía abrir desmesuradamente los ojos y no sé por qué, vienen a mi memoria los ojos que pintaba Margaret Keane.
Amor, perplejidad, asombro, desconcierto, creatividad, aguzamiento de su sensibilidad…: el universo de la niñez de Antonio. Libros cuyos lomos exhibían relieves y letras preciosos, diversidad de papeles que ahora son de museo, láminas que los ilustraban, arte, artistas… Husserl enfatiza en que la conciencia y el mundo se dan al mismo tiempo: exterior por esencia a la conciencia, el mundo es por esencia relativa a ella. El caso de Antonio prueba esta aserción. Conocer es estallar más allá de uno mismo, hacia lo que no es uno mismo. Romoleorux es un ser insatisfecho como todo artista genuino. Las búsquedas de contenidos y formas signan su obra. Pero no conforme con sus series visuales sigue leyendo, pensando y difundiendo Resiliencia.
Estudios
A los diecisiete años Antonio se instala en el colegio de Artes Plásticas de la Universidad Central del Ecuador. Sus dibujos y pinturas de su niñez y adolescencia fueron coleccionados por su tía Flora de entrañable recordación para nuestro artista. Su avidez de conocimientos le conminaron a una búsqueda incesante que le abrían diversas vertientes de las artes visuales. A más de las materias de su colegio, estudió grabado en metal en el taller Grafi-K, serigrafía con el español Antonio Sánchez y litografía en piedra con el brasileño Saverio Castellano, y, sin darse tregua, omitiendo sábados, domingos y días de guardar, trabajó durante dos años con Oswaldo Guayasamín.
Los frutos no se dejaron esperar. En 1987 participó en su primera exposición colectiva y recibió su primer premio en el Concurso Nacional de Grabado del Municipio de Quito, distinción que merecieron sus trabajos por cuatro años consecutivos. En 1991, a sus veinte y tres años, obtuvo el Primer Premio de Pintura en el Concurso Nacional del Ministerio de Educación y Cultura. En 1995, a sus veinte y siete años, obtuvo el Primer Premio de Pintura Mariano Aguilera, certamen promovido por el Municipio de Quito de sólido prestigio, en 1996 fue mencionado honoríficamente en la Bienal de Cuenca, certamen cuya importancia ha adquirido fama mundial y en 2016 recibió la Mención de Honor en el Primer Salón Pan-amazónico en Manaos, Brasil.
Resiliencia: breve apunte
Antonio Romoleroux se adiestró en esta disciplina apenas llegaron a sus manos libros sobre la misma. Aprendió conceptos, procesos y técnicas (si cabe la expresión), respecto de este sistema que no se focaliza solo en individualidades, sino en el sujeto que sufrió un trauma severo y su medio o contexto social: nexos familiares, laborales, económicos, amistades…, decisivos en su recuperación. Muertes de seres amados, disoluciones conyugales, violentismos, despedidas…, son tratados por este medio. La palabra halla su raíz en el latín resilio: rebote. Difiere de resistencia (la más citada), u otras más lejanas, como instinto o emergencia. Esta opacidad de resiliencia genera confusión.
Antonio, que se ha convertido en un experto atiende personas con voluntad de salir de laceraciones síquicas devenidas de vivencias trágicas. En su relatorio sobre esta materia me convierto en su discípulo, tal su acervo de conocimiento y su vivo entusiasmo por este recurso de sanación de reciente data. Resilio: <>. El salto no es de un instante a otro, se requieren tiempo, y una multiplicidad de ejercicios colaterales. Adaptación significativa y positiva en la adversidad. Domeñar los conflictos interiores, aquellos que desgarran los pozos más ocultos del ser y salir airoso. Procesos y acciones que en el siglo veintiuno gana más adeptos cada día.
Hay materiales que se doblan sin fracturarse y recobran su forma originaria (el arco que arroja una flecha). La resiliencia opera en individuos y en grupos humanos. El desgarro que sufre una persona o la tragedia que sobreviene a una nación (guerras o desastres naturales). En nuestra hora se ha multiplicado de este proceso, sea en forma individual o grupal. Desde la Neurociencia se considera que las personas más resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a situaciones catastróficas. Lo propio acontece con conglomerados humanos (el factor cultural gravita de manera poderosa en estas situaciones. Entereza más allá de la resistencia. El ser humano siempre buscará escapismos para su sufrimiento, pero el proceso resilente fluye en el campo de la ciencia. Secuencia de procesos en los cuales los entornos son indispensables.
La obra
Antonio vive en una casa en el norte de Quito, austera y cálida. Un estupendo retrato de su hijo irradia esa energía, y, por supuesto, la del artista. Espigado, reticente y familiar, solitario que no ha perdido su bonhomía que esparce a manos llenas a quienes se le acercan. Siempre que me he reunido con él, al despedirme, nunca quise verle su rostro, siempre tuve recelo de verle evaporarse, disuelto en el aire. Vivaz, transparente, generoso, claro, Romoleroux es un artista que vive dedicado a su oficio creador y ha obtenido reconocimiento dentro y fuera del país. De su personalidad mana reflexión, sobriedad, modestia. Una luz primordial que irradian algunas de sus obras parecerían propias de su esencia humana. “Yo soy yo y mi circunstancia, ¿somos tan libres como pensamos?” La manida frase de Ortega y Gasset rondó mi memoria mientras circulaba por los espacios de la casa taller de Romoleroux. El hogar en el cual nació y creció el artista fue determinante para su pasión por la creación visual, qué duda cabe.
El primer ciclo de su obra la denominó Identidades sistémicas. Antes de adentrarnos en ella vale recordar una obra que -¿premonición o certitud?-, signaría su ruta. La escultura del Concurso Nacional de ese arte datado en los noventa consistió en un móvil ejecutado con suelda y hierro pintado. ¿Astrolabio?, como lo ubica el notable historiador de las artes visuales del siglo veinte Hernán Rodríguez Castelo?, es muy posible. Para mí consiste en un artefacto que hinca sus raíces en nuestras culturas ancestrales. ¿Conocía Antonio los Hipercubos de Estuardo Maldonado? Conocedor o no de esa histórica propuesta de Maldonado con base a nuestra culturas originarias, Antonio logra una obra hacia allá, es decir, hacia nuestra raigalidades.
En un primer paso de este ciclo Antonio cede ante la tentación de hurgar en sus laberintos interiores. Lecturas intensas de Franz Kafka y de Pablo Palacio, fundamentalmente, incidieron en ese ciclo. Y las de Sociología del Arte que hasta ahora es una de sus pasiones. La Serie abarcó todas las técnicas de grabado: aguafuerte, aguatinta, punta seca, serigrafía, litografía en piedra, y un conjunto de obras en las que fusionó varias técnicas (serigrafía y litografía, las más valiosas). Luego de esta vivencia, Antonio se dedicó a investigar el precolombinismo: el arte de nuestras culturas madres.
De esta ‘vivencia’ (experiencia que entra a integrar parte del ser), trabajó escultura en mármol, pero, sobre todo, develó una propuesta que la considero muy suya, acaso única en nuestras artes visuales. Fundir el papel artesanal de fibras de abacá urdido por sus manos para otorgarle consistencia y textura apropiadas, con cobre grabado al aguafuerte y aguatinta y soldado con plata en grandes formatos. Algunas de esas obras desbordan las dimensiones ‘tradicionales’ y tienden al muralismo. Semejan mantos de dioses ancestrales. Bellos, imponentes, exhalan tiempos remotos y lucen insuflados de vida propia. Mantos imperiales pero austeros, sobrios, cuya hermosura estriba justamente en esa pátina que cede el tiempo pasado y acaso por venir y que Antonio lo logra con el prodigio de su arte. Conviene traer a la memoria los formatos gigantes de grabado de Antoni Tàpies, pero, estamos ciertos que ningún otro ha ensayado esta forma, salvo Romoleroux.
Amazonía espiritual es otra de las series trascendentes de nuestro artista. Óleos de mediano formato resueltos en volutas magistrales en las que Antonio retoza y goza con la cromática, develándose como un maestro del color. Su fundamento: la semiótica de nuestra Amazonía. Y hay que reiterarlo hasta la fatiga, esa región milagrosa convoca una de las mayores biodiversidades del planeta y sus habitantes la mantienen articulando viejas prácticas sustentables heredadas en el tiempo de generación en generación. Aunque este no es el espacio propicio para dilucidar el vidrioso tema de la interculturalidad, es indispensable aclarar que los pueblos nativos de nuestra Amazonía generan esfuerzos denodados por mantener incólumes sus usos, costumbres, idiomas, tradiciones… Los signos utilizados por Romoleroux en esta serie corresponden a una suerte de fagotización intelectiva y espiritual que ha realizado el artista de la estilizada pictografía nativa. Jaguares, anacondas, ranas… que se deslizan en las obras de Antonio, son considerados animales sagrados en los pueblos aborígenes de nuestra Amazonía.
Y acaso en esta misma línea, aparece otra de las series de Antonio Romoleroux: Piel de la selva. Esta serie acopia retratos en dibujo y formatos impresionantes e impactantes. Algunos de los modelos son hombres y mujeres de la selva profunda que Antonio recorre con ahínco cada vez que puede. Otros tienen elevado y hondo nivel de conciencia respecto de la importancia de la biodiversidad de la Amazonía. El concepto se raigaliza en una utopía admirable: traer la selva a la ciudad y no llevar la ciudad a la selva, todo, resuelto en contextos formales y conceptuales del arte contemporáneo.
Mi esencia en tus sentidos: otro de los ciclos creativos de Romoleroux. El material ya aludido en párrafos anteriores, esto es, papel hecho a mano fundido con cobre grabado, elaborado con fibras de abacá y que simboliza la naturaleza con su armonía, sabiduría y salud. El cobre en su connotación citadina de material industrial generador de estropicio, codicia y estrés. El papel es un símbolo de la fragilidad y el metal de la fuerza. Sin embargo, el papel es lo que contiene al metal (las fragilidades transmutadas en fortalezas). Los signos grabados en el cobre son estilizaciones de multidiversas culturas amazónicas en las cuales Antonio ha zahondado con avaricia de minero solitario. El papel representa a Asia Oriental, el metal a Occidente y los signos a nuestra América, en especial a la del sur.
El Yo consciente es una serie interdisciplinaria que aporta a la función social del arte con una colección de retratos visuales y testimoniales de personas de distintas edades, condiciones socioeconómicas y culturales que han vivido experiencias de resiliencia, entendida esta, como la capacidad humana, individual y grupal de superar adversidades, es más, emerger de ellas fortalecidos plenamente. Los testimonios escritos por quienes han sido favorecidos por esta disciplina, se complementan con sus retratos. Las imágenes y los textos testimoniales fueron realizados en Ecuador, Chile y Estados Unidos.
En la hora actual, Antonio se halla trabajando una serie denominada Mensaje de las modelos a la Humanidad. Desnudos femeninos resueltos desde un realismo vivo y modular. El artista formula una sola pregunta: ¿cuál sería tu mensaje a la humanidad? La respuesta va escrita en los dibujos que ejecuta el artista. Visualización y zahondamiento en los seres humanos (mujeres) que por sus cualidades físicas irradian belleza, pero a la vez, en el proceso de ejecución de los dibujos, van develizando lo que sienten dentro de sí. Internalización y sondeo en los recovecos de sus personalidades. Plasmación de sus pensamientos, sentimientos, voliciones… Las modelos solo han sido tratadas como ‘objetos’ para el arte, pero nunca se han plasmado sus interioridades.
En el título de este ensayo sobre Antonio Romoleroux consigné la palabra búsquedas. Es, sin duda, la que mejor define y concierne su creación visual. Y todo artista genuino –y Antonio lo es- sabe que su camino carece de horizontes. Que es un sendero donde después de hallar uno, cercano y lejano a la vez, aparece otro y otro, así, su vida es condena y liberación, y su arte un vasto espacio sin confines. Que así sea.

Libro: Antonio Romoleroux, 2007
La Obra de Antonio Romoleroux
Dra. Inés M Flores

El tiempo y a la vez la idea de intemporalidad, que preocupan a ciertas corrientes contemporáneas del pensamiento, se hallan de algún modo tras la obra de Antonio Romoleroux, desarrollada entre dibujo, pintura, grabado, ensamble y fundición del cobre con papel artesanal…
Después de superar la primera etapa figurativa inscrita en el surrealismo y en el hiperrealismo, comenzó a estilizar, hasta conquistar la libertad abstracta y vigorosa vigente. Enfrenta la pasión por el problema del espacio, yendo desde unos amplios vacíos hasta superficies abigarradas con signos, muchas veces divididos en cuarteles geométricos que alojan trazos e ideogramas en relieve. Ocurre que el artista se ha interesado por las huellas de las culturas aborígenes, en forma de símbolos y signos, especialmente de la Amazonía. Antes, Romoleroux había generado sus propios trazos sígnicos, en función meramente estética. Más eso le llevo a la investigación de la semiótica ancestral, que ahora prima en sus obras.
En su trabajo hay una relación con lo metafórico y con lo alegórico; no ha manera de relato, sino como datos fragmentarios pero coherentes, que nos ofrecen pistas para la reflexión sobre existencias que para el espectador común resultan exóticas. Los signos y símbolos que utiliza representan animales, aves, insectos de la selva, y quizás dicen cosas que más allá del ambiente al que pertenecen ni siquiera es posible imaginar.
En cuanto a la técnica que este artista emplea actualmente, hay que destacar de un lado su dedicado trabajo con los ácidos sobre el metal y de otro la elaboración manual del papel y sus múltiples procesos, que van sucediéndose, encadenados, hasta alcanzar su forma definitiva, de singulares condiciones matéricas. Canalizado su creación hacia formas nuevas, comprometidas con las técnicas de la gráfica, de la mano con los procedimientos artesanales más elaborados, hasta lograr espléndidas texturas o estupendas luminosidades, gracias a la virtuosa fusión del papel artesanal y el cobre. Esto, ligado a los significados del mundo Amazónico, donde hay residuos y testimonios de vivencias milenarias, huellas de formas perdidas, que sitúan a la imagen y al objeto en circunstancias absolutamente ajenas a nuestro mundo. En todo caso, como en los rincones mágicos, las fibras vegetales y el metal extraído de las entrañas de la tierra, al unirse concluyen en una obra de arte.
Desde luego, el signo no llega aquí a la representación real de sus contenidos pero se articula con las tradiciones de las etnias que los utilizan, y en cuya vida la magia es un factor importante. Romoleroux adopta esa suerte de escritura ancestral, para cargarla con su propio pensamiento, de manera que le sirva para expresar su personal actitud como artista. El trabaja en su taller, dibujando, haciendo papel y combinándolo con el cobre para conseguir un soporte sobre el cual graba sus misteriosos mensajes. Diríase que su mano es guiada, inconscientemente, por los espíritus de la selva, cuyas voces inaudibles intentan, quizás, advertirnos sobre los peligros de la destrucción de la floresta primitiva. Pero nosotros nos quedamos solo con la admiración que nos producen los trazos del artista y la original técnica que emplea.
El trabajo de Romoleroux revela un gran talento, amén de una dedicación obsesiva a una obra que viene construyendo desde su más temprana juventud, pasando por diferentes etapas y en un infatigable proceso de investigación en solitario, que le ha permitido alcanzar los altos niveles que ahora registra su producción artística. Una producción original, consistente y admirable, que no puede compararse con nada de lo que conocemos. Por eso es posible decidir que Romoleroux, con su obra reciente, es único y como tal ocupa una posición destacada en el concierto de la plástica nacional.

Hernán Rodríguez Castelo
Nuevo Diccionario crítico de artistas plásticos del Ecuador del siglo XX, 2006.
Antonio Romoleroux

Una de las figuras más interesantes del nuevo grabado ecuatoriano.
En un primer momento, tendencia a un dibujo neoexpresionista de crítica y denuncia social.
Muy buen manejo de las técnicas. EN el XXXI Salón de Octubre- dedicado a las artes gráficas- presenta una magnífica serigrafía: cabeza en sienas y fondo en ocres.
EL grabado que le valió una de las cuatro menciones en el Concurso Nacional (1990) –Letrina´s- mostraba que se había dado un salto: era una serigrafía rica de valores expresivos, audazmente nueva en su concepto semiótico: formas rotas, sumidas en un caos de color, con penetrantes alusiones a mensajes gráficos publicitarios o de los medios masivos de comunicación.
Su escultura del Concurso Nacional (1990) –suelda y hierro pintado- era un móvil: astrolabio de cuatro circunferencias de metal concéntricas, con capacidad de giro. Recuperación histórica y cultural a la vez que invitación al juego.
Mostraron por donde se orientaban sus búsquedas las obras con que concurrió al Salón del Municipio de Quito en 1993. En Origen y eternidad, una como piedra azul, con dibujo resaltando en línea blanca; trazos con algo de signo organizados en filas; en el centro y abajo, dos caracoles silbato, dibujados con meticulosidad. Se notaba oficio e idea; faltaba que todo ello cuajase en un conjunto visualmente sólido. En la otra pieza, El azar de la virtud, sobre una superficie texturada de trazos –en ocres. Una cuadrícula verde, con el trazo central de una forma serpentina y cuatro ojos, en alusión a búsquedas esotéricas.
Se privilegiaba en sus búsquedas el soporte. Mujeres del alma –del Mariano Aguilera 94- mostraba un vigoroso trabajo artesanal del soporte, cuyas texturas aportaban a la fuerza de imágenes de brutal neoexpresionismo. Y se tentaban nuevas posibilidades expresivas: en Origen de la vida eran pegados sumergidos en la pintura. Pero al mismo tiempo se buceaba en viejas culturas –sobre todo las amazónicas- para enriquecer la propia expresión con signos y símbolos ricos de sentidos.
Y el escultor comenzó a aportar a esas piezas bidimensionales el metal. Gana entonces el importante premio del Mariano Aguilera (1995) con una obra que integraba papel artesanal con una plancha de cobre rica de trazos al aguafuerte. La forma metálica simple, suerte de tótem elemental: sígnica ella misma y grávida de dibujos sígnicos. Fue una obra novedosa por materiales y elaboración –más por elaboración-; rica de sentidos herméticos, y de severa belleza.
El artista se había instalado con holgura en una técnica, estilo y poética. Los desplegó en una notable individual (Art-Forvm, 1996). Una expresión plástica que comienza por la elaboración del soporte: papel artesanal, grueso de materia y rico en texturas dadas por esa misma materia. En tan rica superficie, fundidas planchas de cobre a las que el ácido ha dado color y la incisión al aguafuerte había enriquecido de escrituras sígnicas y simbólicas. Y también en le papel se graban, con impresión al aguafuerte, trazos recogidos de viejas culturas indias. Y el artista, inquieto por multiplicar estas fusiones semióticas de extremos de lo humano, había incorporado a obras así impresiones a láser, que significativamente reproducían guerreros selváticos en primitiva e ingenua desnudez. Se quería poner en relación en la tensa unidad de la obra de arte, lo más primitivo con lo más avanzado de ciencia y técnica. Y todo este juego semiótico cuajó en una forma en si rica de sentidos: el árbol.
En este gran empeño por poner en tensa relación espacios culturales distantes y al parecer enfrentados, como medio –en sus propias palabras- de hacer convivir al hombre con el hombre, el artista al tiempo que seguía ahondando en el conocimiento de viejas culturas, para arrancarles sabiduría que se decantaron en signos y símbolos, extendía su experimentación sobre los medios e instrumentos a procesos fotográficos de avanzada y de trabajo con la computadora y desnudaba la manipulación icónica de publicidad y mercadotecnia. Y se aventuraba al espacio tridimensional con instalaciones que a la riqueza del papel artesanal y lo penetrante de la forma enraizada en viejas culturas amazónicas unía un detector de movimiento y música amazónica.

LA OBRA DE ANTONIO ROMOLEROUX
Rodrigo Villacís Molina
Quito, 31 de Julio de 2005

Infatigable y ascendente es la trayectoria de Antonio Romoleroux como artista. Se preparó a consciencia para responder de manera solvente a su vocación. Lo demás quedó librado a su creatividad, que no tardó en manifestarse de manera muy personal, sobre todo gracias a sus investigaciones de los signos de culturas ancestrales, cuyas posibilidades graficas aprovecho, manteniéndolas como simples referenciasen una serie que no ha concluido y que , por su originalidad, le ha distinguido en el medio donde se desenvuelve.
Investigó también Romoleroux las técnicas y logró fusionar láminas de cobre delicadamente trabajadas, en una suerte de ensamblaje con papel hecho a mano, por él mismo, a base de diferentes fibras vegetales, para dar forma a obras que, a su modo de ver, armonizan la naturaleza y la ciudad, la sabiduría de aquella y el estrés de ésta. Él ha adoptado el papel manufacturado como símbolo de Oriente, el metal como símbolo de Occidente y las antiguas grafías como símbolo de nuestro continente, para crear lo que considera objetos artísticos de carácter sincrético y universal. Por lo general estos “objetos” funcionan estéticamente muy bien y constituyen obras incuestionablemente valiosas, en las que una caprichosa morfología, una cromática intensa y un generoso despliegue de texturas, producen, al combinarse, hermosos efectos con insinuaciones mágicas.
Hombre de su tiempo, Romoleroux trabaja también, con la fotografía digital intervenida y los recursos de los más adelantados programas de computación. Como en el caso de Niño Huaorani cubista, con un filtro de Adobe Photoshop y copiada al óleo sobre tela. Se trata de una obra muy interesante, que no solo debe de haberle exigido una gran inversión de tiempo sino además una readecuación de su óptica para descifrar los códigos visuales del programa.
Esto revela el carácter de un artista que avanza sin quemar etapas y cuya obra actual -sustentada sobre un esforzado trabajo de más de 20 años- responden a un presente rico en novedosas posibilidades, en cuanto a técnicas, pero que no tienen porque desplazar a la obra que Romoleroux ha venido construyendo, con éxito, a lo largo del tiempo. Pueden coexistir sin problemas, multiplicando el lenguaje de éste artista que tiene mucho que decir.

Revista “El Búho” #24 2007/2008
Antonio Romoleroux
Desde el ojo del observador
Por Julio Pazos Barrera

Propone Umberto Eco, a apropósito del análisis de la narrativa (Seis paseos por los bosques narrativos, 2da. Ed., Barcelona, Editorial Lumen, 1997) una doble pareja de entidades; autor modelo y autor empírico; lector modelo y lector empírico. Traspasar este modelo semiótico al análisis del arte plástico es posible si se considera que las artes en general son sistemas de signos que se utilizan para comunicar determinados mensajes. Así pues, el autor o artista modelo toma en cuenta al lector u observador y lo instruye. El artista empírico se desentiende del observador. Desde el otro extremo, el lector u observador modelo sigue las instrucciones del artista modelo, en cambio, el observador empírico ignora esas instrucciones y solo se interesa por el final de la historia, es decir, realiza un somero registro de colores.
EL ARTISTA MODELO
Antonio Romoleroux ha redactado textos que posibilitan la apreciación de su obra (Catálogo, Obra Reciente, Art-Forum, Quito, 8 de febrero – 2de marzo de 1996; Disco, Producción Multimedia de Cynthia Bravo, Quito, 2005) Sobre todo en el disco, los conceptos se encuentran sobriamente expresados.
Alude a los materiales que utiliza. Estos son el papel artesanal elaborado con fibras de abacá, cabuya, restos de madera, y el cobre. Con ellos ha levantado amplias superficies –es importante anotar que las láminas de cobre se han engarzado en el papel- en las que diseñado estilizaciones de signos inspirados en petroglifos amazónicos. Estos signos son vagas reminiscencias de culturas amazónicas.
La instrucción conceptual prosigue con el develamiento simbólico. Romoleroux dice que el papel representa a la naturaleza en cuanto ella es armonía y salud. El cobre, en cambio, simboliza la ciudad que es producción, consumismo y estrés. Según el artista el papel significa debilidad y el metal, fuerza. Pero como en sus obras el papel sostiene al metal, el mensaje advierte que la debilidad se convierte en fuerza, mensaje que exalta el valor de lo natural.
Más adelante Romoleroux anota que el papel y el metal son símbolos culturales, el primero del Lejano Oriente y el segundo, de Occidente. En este marco simbólico, el artista inserta los signos de inspiración amazónica, elemento con el que define si procedencia americana. De este modo, Romoleroux afirma que su obra es “objeto cultural y universal”.
EL OBSERVADOR MODELO
En realidad, son varios y expertos observadores. Ellos, cuidadosamente, han descodificado los mensajes que el artista aglutinó en sus piezas. Cada uno, por cierto, proyectó su lectura con reflexiones muy próximas a las intenciones del autor. Empero, el hecho de escribir sobre las obras revela que estas causaron inquietud y obligaron a reconocerlas.
Manuel Esteban Mejía se concentra en el engarce del metal sobre el papel, técnica que aleja las piezas del “ensamblaje”. Anota que estos trabajos están a caballo entre el cuadro tradicional y el objeto, estado que plantea un desafío para la simbiosis del concepto y la forma comunicativa un fuerte sustento cultural.
Hernán Rodríguez Castelo manifiesta que los trabajos conjugaron componentes naturales (fibras vegetales y metal) con signos de la cultura. El proceso interrelaciona materiales y técnicas tradicionales con aplicaciones actuales de láser, escáner, fotografía, etc. Los resultados acumulan significados hermenéuticos que producen una “severa belleza”. Hernán Rodríguez Castelo cataloga estas obras en el denominado arte conceptual.
Mónica Vorbeck anota que no se trata de pintura pura. Las obras son formas intermedias entre a pintura tradicional y el arte objetual. La composición revela un principio estético convencional, puesto que el espacio representado se divide en grandes superficies equilibradas que encierran un espacio interior lleno de figuras ornamentales. Vorveck encuentra evocaciones del pasado por Romoleroux, es decir, la investigación cultural y la experimentación con materiales y soportes no convencionales. Según Flores, la finalidad del artista es la denuncia de la destrucción de la naturaleza y el símbolo que representa esta idea es el árbol.
El sentido que aprecia Trinidad Pérez es la fusión de espacios culturales contradictorios que se configura en el mundo actual. Reproducción de signos ancestrales sobre papel y metal que se interpolan con la intervención de computadora y láser. Sin embargo, la formulación conceptual de la obra de Romoleroux es superada por la liberación expresiva, intuitiva y gestual.
Lenin Oña identifica el arte del pintor quiteño con lo matérico y con el “lejano informalismo” de Aníbal Villacís y Enrique Tábara. También encuentra relaciones con la producción de Estuardo Maldonado, en lo que atañe a la búsqueda de signos gráficos y texturas. Pero la característica específica e arte de Romoleroux es la presencia de “formas mínimas” decorativas insertas en las estructuras morfológicas grandes. Con la pintura convencional, las obras tienen en común las dos dimensiones, aspecto que se advierte en el uso de la fotografía y la reproducción del cuerpo femenino desnudo decorativo con anillos y tatuajes.
Las apreciaciones de los observadores concuerdan con los conceptos de autor modelo. En ciertos casos, los observadores aportan con nuevas ideas al discurso del pintor, sean estas del ámbito plástico, histórico o crítico. Plástica es la inquietud que expone la combinación de la pintura tradicional con el art objeto. De igual modo, es plática la anotación sobre el equilibrio geométrico de las composiciones que sugiere la presencia de los espacios interiores y exteriores. En este campo se sitúa el registro de las decoraciones. En sentido histórico es la relación que se encuentra con el informalismo de los años sesenta. Críticas son las expresiones “severa belleza”, “contraste brusco y sugestivo”, además de aquella que señala el matiz de la intuición y de la liberación mediante el veloz trazo gestual.
EN LA ILIMITADA INTUICIÓN
Pese a todas las coincidencias entre los conceptos del autor y los de los observadores, siempre habrá un ámbito ilimitado en la relación obra-observador (el autor es, al mismo tiempo, observador). Esta cualidad de la comunicación artística permite continuar con apreciaciones de diversa índole.
Romoleroux clasifica sus obras de acuerdo con la técnica empleada. Esta perspectiva conduce a pensar en el valor que el artista otorga a los materiales y su manipulación. El hacer, es decir, la experiencia es su inicial motivación, aspecto que lo sitúa en la actualidad del arte que combina la búsqueda de soluciones personales, a la vez que propone nuevas experiencias perceptivas a los observadores. Pero también la especial atención sobre materiales y soportes supone, por parte del artista, la idea de que los observadores se interesan y acuden al artista para resolver sus inquietudes.
Todos los materiales utilizados por Romoleroux son conocidos, excepto aquel que remite a la confección del papel artesanal. Ese elemento suscita la curiosidad del observador, quien, acostumbrado a ver y utilizar el papel industrial, se deslumbrará con el descubrimiento de otras texturas y efectos estéticos. En el caso de ocurrir este primer paso, en el tramo siguiente el observador confrontará los otros componentes de las obras, es decir, procesará los mensajes conceptuales, sensoriales y emotivos involucrados en la totalidad.
Romoleroux clasifica sus obras a partir de materiales y técnicas en los siguientes grupos: papel con cobre; intaglios; óleos; dibujos y técnica mixta. No obstante, soportes, pigmentos y técnicas, más allá de su condición de significantes, se convierten en símbolos personales y colectivos. Pudiera intentarse una organización de los mensajes artísticos desde la triada de concepto, afecto y sensorialidad:
1) Conceptualidad y sensorialidad.
2) Sensorialidad, afectividad y conceptualidad.
En el primer grupo el componente conceptual se presenta mediante símbolos con diverso grado de hermetismo. La carga conceptual proviene de ciertos conocimientos de autor, quien los evidencia a través de claves inscritas en los títulos de las obras; Kantu 1-2, ADN 8.5.0, Joel Ducatillon, Masuro Emoto, cuantum, fractal, mandala, Sierpinsky 1-2, etc. Aún para los observadores instruidos estas claves son de difícil decodificación. Puesto que el autor solo las enuncia, los observadores, libremente, vagan estimulados por el color y la textura. En efecto, el color y la textura, provocan reacciones visuales y táctiles.
Óleos y dibujos integran el segundo grupo. Los mensajes plásticos se regodean con las formas femeninas, aunque la vista se entretenga en las decoraciones y los tatuajes. EL realismo de óleos y dibujos apunta a contenidos intelectuales morales, tales como la ira, la envidia, etc. En dibujos en sanguina se rastrea la representación del embarazo, en siete momentos de la serie “Jenny”, mensajes tratados con finura y encanto.
EN LA CONTIENDA CONTEMPORÁNEA
La extraña simbología de los intaglios evocada en una especie de rectángulos superpuestos atrae por los efectos del color y, sobre todo, por la luminosidad del color crudo del papel artesanal. Irradian estos artefactos una proyección que va desde lo periférico hasta un punto de fuga interior concebido en forma de un rectángulo cálido, pero misterioso. La visión que obsesiona al artista es espacial: cuerpos y formas crípticas se desplazan en el espacio. Los desnudos femeninos flotan en fondos de colores apastelados o crudos. Sus siluetas se duplican y enfrentan. Entre esas siluetas surge el espacio infinito.
Una apreciación en conjunto de arte de Antonio Romoleroux permite ver una resistencia de las formas realistas frente a las geométricas; en estas pueden incluirse los signos inspirados en los petroglifos. Esta especie de contienda es muy actual. Ubicar, además, su arte en la disyunción es alejarlo de alguna tendencia definida. El fenómeno no es exclusivo de las artes plásticas. El artista, en este panorama, es un descubierto de sentidos y, al mismo tiempo, es una fuente de sentidos abierta a la incesante curiosidad de los observadores.

Catálogo de la exposición: “Despertar”, Galería González Guzmán, 2003
Lenin Oña

A simple vista identificable con el arte “matérico” por sus investigaciones sobre la naturaleza, propiedades y combinaciones de ciertos materiales, Antonio Romoleroux podría emparentarse con el ya lejano informalismo, cuyos ecos se sintieron, en primer término, en el arte ecuatoriano por la intermediación de Aníbal Villacís y Enrique Tábara partícipes de la gestación española de ese movimiento. Se le podría, también, enrolar en las filas de buscadores de signos gráficos y texturas significantes, y por lo mismo entroncarlo en esos artistas, así como con Estuardo Maldonado. Hay, sin embargo, un aspecto que él ha abordado por su cuenta y riesgo en muchas obras: la inmanencia decorativa que entraña la repetición de formas mínimas en un contexto morfológico mayor. Quizá ese sea el sentido más hondo de lo que viene desentrañando. Así parece demostrarlo algo de lo último que hace, fotografías de rostros y cuerpos femeninos sobre los que ha proyectado entramados geométricos sencillos, fácilmente relacionables con tatuajes primitivos. Sin considerarlos como manifestaciones epigonales del precolombinismo o de las rutas formalistas, sus trabajos, plenos de virtudes táctices y retinianas, guardan las destrezas y encantos de una artesanía depurada por una sensibilidad que se solaza en los contrastes de los materiales y la finura de la ejecución no exenta de primigenia elegancia. Poco o ninguna pintura presentan estas piezas, que solo tienen de común con este arte su bidimensionalidad. De ahí que, aparte de la saludable incursión en la fotografía, que a lo mejor anuncie una renovación más radical de los lenguajes, la novedad que traen las obras recientes es que, en varios casos, se trata de pinturas sin más. Pinturas en las que el énfasis se pone no solo en el tratamiento realista de fragmentos de cuerpos femeninos desnudos, sino sobre todo en los detalles ornamentales: anillos, tatuaje, pearcing. Una suerte de advertencia testimonial sobre las necesidades decorativas que siempre han estado presentes en los seres humanos.

Catálogo de la exposición: “Ganadores Salón Mariano Aguilera” 1996.
Raúl Pérez Torres
Ministro de Cultura y Patrimonio

El papel es como la vida, frágil y maravilloso, nos ha dicho Antonio Romoleroux, mientras recicla fibras, cabuya, aserrín o abacá para volver a descubrir el canto de los bosques. Porque de ese murmullo y de esa alegría revestidas tanto el papel que va naciendo de sus manos, cuanto esa semiótica de signos ancestrales, que se funden, se armoniza, se multiplican y recorren ese largo camino de la búsqueda de nuestra identidad.
Arte y naturaleza que ponen a prueba la filosofía del artista, su diáfana necesidad de transitar por las iluminadas culturas amazónicas, esos cantos shamánicos que perviven en el papel, en la textura, en el ritornelo musical, reinventado un lenguaje de siglos y utilizando audazmente, artilugios modernos como el Spray, el Laser, el cobre, la fotografía, solamente para profundizar la historia, para definir su entorno lleno de texturas y de libertad.

Catálogo de la exposición: “Ganadores Salón Mariano Aguilera” 1996.
MANUEL ESTEBAN MEJÍA

Hay en Antonio Romoleroux un permanente interés por la vida y el arte que, de manera inevitable, se refleja en su obra pictórica. Es inevitable, también, que ese interés se plantee como una viva inquietud que guía su pensamiento y su acción plástica, al extremo de que esta actitud sea, en la práctica, el principio y el fin de su búsqueda creativa.
Su obra es, así mismo, la constante afirmación de un espíritu que no se resigna a seguir tratando los habituales esquemas pictóricos, porque es renunciar a la aventura y vitalismo que todo arte conlleva. Pero no por esto responde a impulsos o al puro ejercicio del instinto, aunque naturalmente tampoco los rechaza. Es la suya, en este punto, una necesaria simbiosis que busca vincular ideas y realización a través de una intensa voluntad de crear.
Vivamente inclinado hacia las experiencias en materia y forma, sobre él ejerce indudable seducción ciertas contribuciones tecnológicas a las que mima en su intelecto y trabajo. Por eso produce desde el soporte, fabricando el papel que va a utilizar, el que unas veces enmarca y otras no, así como aplica pigmentos naturales con plena valoración cromática. A lo orgánico une lo inorgánico a través del cobre, al que, en planchas de diferentes formatos, empotra en el papel, configurando una unidad basal. Al metal somete ácidos para obtener e imponer formas sígnicas que son referentes de las culturas amazónicas, como al papel grabado, en unos casos, pues en otros es la fotografía computarizada. Así constituye un todo que desecha el punto de vista de un ensamblaje.
Que estas pinturas cuelgues como cuadros o que se separen de una pared como objetos es parte de sus intenciones y búsquedas. Que asuman la virtualidad de un tapiz o destaquen su irregularidad en cuanto a formato es otra. Que acciones sistemas de sensores con la directa intervención del espectador y se escuchen cánticos y música es una de sus virtudes. Que ofrezcan diversos significados a partir de las materias integrada, de los signos desarrollados, de la cromática empleada, de la texturación y densidad matérica, es el desafío que hace el autor a quien la enfrenta.
En estos trabajos hay una voluntad febricitante por plantearse y no sólo superar obstáculos de orden técnico, polo que Romoleroux no se contenta con los rompimientos de índoles formal, sino que va a una integración donde lo conceptual y lo formal se aúnan, lo intelectual y lo artesanal conjugan energías para proyectar una imagen plática de más contundente resultado.
Su experiencia es significativa en la actual plástica ecuatoriana. Inteligente e interior a un tiempo, mantiene y expresa una latente percepción del entorno, que es una de sus razones de ser. Por eso se brinda como de fácil lectura, pero son múltiples sus posibilidades al inmiscuir valoraciones de sentido personal y de significados colectivos.
Tampoco es una obra que podamos reducir a la escala de lo meramente experimental o coyuntural, pues está dotada de un fuerte sustento cultural. Al accionar sobre el contexto, reta al espectador, con la persistencia de una actitud, a vincularse con éste.
Lo anterior no es el menor de sus méritos, sino que reitera la capacidad creacional e intuitiva de este autor en busca de sí mismo.

Catálogo de la exposición: “Ganadores Salón Mariano Aguilera” 1996
LA VOLUNTAD SIGNICA DE ROMOLEROUX
POR: HERNÁN RODRÍGUEZ CASTELO

Alangasí, 5 junio 1996.
Antonio Romoleroux ganó el “Mariano Aguilera” 1995 con una de sus obras en que integra papel artesanal con una plancha de cobre rica de trazos al aguafuerte. La forma metálica simple, suerte de tótem elemental; sígnica ella misma y grávida de dibujos sígnicos. Fue una obra novedosa por materiales y elaboración -más por elaboración-; rica de sentidos herméticos; y de severa belleza.
Ahora que, en calidad de triunfador en ese certamen nacional, expone individualmente, presenta otros trabajos de esa manera. En ellos nuevamente su expresión plática comienza por la elaboración del soporte: papel hecho artesanalmente -de aserrín, con alma de cabuya y ceibo-, grueso, rico de materia, rico como materia y rico de texturas dadas por esa misma materia. Y con sentido inscrito en su misma condición de materiales o de desecho industrial o naturales, recuperados para la expresión artística. En esa superficie papirácea se han fundido, haciendo un solo cuerpo, las planchas de cobre, a las que el ácido ha dado color -unos bellos turquesas, por ejemplo- y la incisión al aguafuerte ha enriquecido de escritura sígnica y simbólica. En el papel también se graban con impresión al aguafuerte con óleo blanco, trazos recogidos de viejas culturas indias.
Y el artista, inquieto por multiplicar estas fusiones semióticas de extremos de lo humano, ha incorporado a obras así impresiones a láser, que significativamente reproducen guerreros selváticos en primitiva e ingenua desnudez.
EL juego entonces conjuga en esta firme unidad de la obra de arte desde la naturaleza hasta la cultura, y desde lo más primitivo hasta lo más avanzado de ciencia y técnica. Todo ello en un mensaje icónico con la tensión significante del mensaje artístico y con una severa belleza como catalizador de ese mensaje.
En esta línea de trabajo -tan rica, tan sugestiva- la muestra ofrece una manifestación que parte de un referente familiar: el árbol. Son varios árboles. Un bosque sígnico, en este inconfundible estilo.
“Arboles huecos” añade al soporte de ese tan matérico papel y la plancha de cobre integrada tres árboles en vaciado: son, en ese conjunto de naturaleza y cultura, el vacío: el no ser. Que puede leerse como sombrío anuncio de destrucción ecológica o como otra suerte cualquiera de sentimiento desolado.
En “Árbol vital” el soporte de papel tiene la forma de una copa muy simplificada de árbol. Y sobre esa gran superficie hay hojas de cobre fundidas – en línea horizontal, en línea arbitraria y geométrica- y vaciado de hojas -en figura arbórea, en ordenamiento natural-. A estas sugestiones se añade a su riqueza sígnica la facilidad de acceso a ese mundo de signos para el espectador inocente, que puede subirse al árbol para descolgar frutas de sentidos e impresiones.
Y otro árbol tiene en su copa fundidas impresiones láser de guerreros y fundidos martillos metálicos. Nuevos contrastes, pues, y nuevas incitaciones a lecturas.
Pero no son las únicas técnicas y formas de expresión de tan incitante muestra: hay las piezas que caen más del lado de la pintura tradicional. Al parecer un serialismo sígnico o un gestualismo también sígnico. Pero solo al parecer: estos trabajos importan interesantes novedades pláticas significantes.
Para captarlas hay que comenzar por ver su anverso: parecen esas superficies fuertemente texturadas y ricas de multiplicados trazos y dibujos incisos que se hacían en un momento de nuestro precolombinismo. Pero eso es solo en anverso: lo que no se ve. De allí pasa el color a la tela, por los canales incisos. Pasan turquesas, amarillos, rojos, ocres; huella de oxidación. La tela recoge esos trazos cromáticos llegados del otro lado -de la profundidad, de los no-visto-, y el artista los completa o con suaves iluminadas al pastel, que respetan los dibujos sígnicos seriados (“Sin fin”), o con enérgicos trazos, casi gestuales, con vaporizador (“Selva”).
Es decir que ni entonces hubo solo pintura de caballete: la misma vigorosa decisión de sondear posibilidades de materiales y técnicas, tratando siempre de sacar dividendos de concepto y signo. La misma intransigente voluntad sígnica.
Llega a tanto esa voluntad que en una obre el artista enrolla un enorme y rico grabado y lo introduce en un tubo metálico …Son los dos tubos -trabajadas al ácido y al fuego- de “El ser”, que, con esa alma de obra de arte convencional, son obra de arte conceptual. El ser visto como exterior duro y a veces brillante, pero con pulpa rica de lenguaje…

Catálogo de la exposición: “Ganadores Salón Mariano Aguilera” 1996.
LA OBRA DE ANTONIO ROMOLEROUX
DRA: INES FLORES
Quito, 6/6/96

A la obra de Antonio Romoleroux (Quito, 1968) hay que comenzar acreditándole su valor de organización; en este caso el artista es el demiurgo que arma sabiamente cada composición, para que los elementos que la integran ocupen su lugar exacto en el todo. Detrás está su amor por el ser, representado en el ARBOL, como paradigma de la naturaleza, cuyo espíritu ha captado profundamente, en su fluir vital y misterioso. Cuando enlaza los distintos modos de significar, magnifica los silencios y las ausencias para transferir al hecho plástico la enigmática aventura de la selva.
Romoleroux incorpora al motivo de sus obras un proceso de investigación y experimentación técnica que transforma concienzudamente en hechos artísticos. Trabaja con papel artesanal, fotografía, escáner, láser, metal y fuego, y nos habla en su obra de distintos procesos naturales; pero su discurso incluye voces nuevas. Podría afirmarse que de esta manera va elaborando una gran metáfora de las relaciones entre la ciencia y el arte. En rigor, Romoleroux alude a la racionalidad, a la espiritualidad y a las costumbres individuales y colectivas del hombre actual, en términos del ARBOL, víctima de las transformaciones de un proceso de destrucción.
El gran ARBOL ALEGRE, de tronco de metal, como flauta, trabajado a base de ácidos y fuego, con espléndidos chorreones texturados, ofrece en su frondosidad una inquietante trama narrativa, y en el ARBOL EMBARAZADO, los guerreros (símbolo de valentía) se distribuyen en una armoniosa composición, mientras los martillos-collage (fuerza del trabajo) superan el conflicto entre la forma y el objeto.
Romoleroux redefine el espacio como producto de una profunda meditación, como reflejo del par hombre-naturaleza. Y convierte los materiales, tela, papel vegetal y metales en elementos sígnicos; es decir, comunican algo a alguien; algo que quizás puede resumirse en una sola palabra: poesía.

Catálogo exposición: “El poder para transformar el mundo”, IAEN, 2019.
POR LA SINGLADURA DEL PENSAMIENTO DEL ARTE
DE ANTONIO ROMOLEROUX
Por: Umar Klert Ghov

Es privilegio de pocos el alcanzar en sus obras pictóricas aquello que sentenciara Étienne de Condillac, respecto de que “El arte de expresar los pensamientos es la primera de las artes. Antonio Romoleroux, en la mayoría de sus creaciones, lo logra, y nos acerca al aforismo que reza: “El arte es el mensaje interno que expresa un individuo que tiene el poder de llegar a la fibra sensible de los otros a través de la emoción”. Ahora bien, existe una diferencia considerable en lo que tiene que ver con el concepto del arte y el pensamiento del arte; a juzgar por algunas obras de Antonio Romoleroux, damos por descontado que esto ha logrado profundidad en su ser creador.
Es importante destacar el pensamiento lateral, es decir, aquel que busca soluciones a problemas, no siguiendo las pautas lógicas utilizadas normalmente, apoyándose precisamente en ideas que se salen de lo habitual. Así, la propuesta en todos los cuadros de la serie Amazonía Espiritual, parece huir de la existencia efectiva de la naturaleza; pero el pintor inmortaliza en su obra no los sonidos de la selva, no la fauna y la flora de manera literal; sino los signos que describen la diversidad biológica de la Amazonía. Atendiendo a los rasgos característicos de forma geométrica, no obstantes la particularidad individual y la apariencia fragmentaria, es manifiesta la aproximación al efecto subjetivo, que constituye la razón de ser de esta obra pictórica.
Claro está que este artista no trabaja para su placer, más bien en la realidad de esta creación se advierte el compromiso, la responsabilidad y sobre todo su profunda y decidida respuesta frente al sistemático atentado que sufre esta porción natural del Planeta Tierra. Se advierte en estos trabajos de la Amazonía Espiritual una fuerte influencia del iluminismo, al que Sartre, el gran pensador existencialista, resumió en esta frase: “La libertad y el poder individual solo pueden recobrarse a través de la acción revolucionaria colectiva”. No hay duda alguna que Antonio Romoleroux ha logrado cambios profundos en el arte pictórico, sorprendiendo al mundo con un trabajo sin precedente: la narración de la existencia espiritual de la Selva Amazónica.
Decía Denis Diderot que “la simplicidad es uno de los caracteres principales de la belleza; es esencial en lo sublime”. Esto es evidente en el cuadro “La naturaleza y yo”, ya que carece de accesorios innecesarios para evitar la distracción del pensamiento del espectador. En esta obra, los colores hablan, expresan un sentimiento profundo y tan real como la vida misma y el diseño de las formas se establecen definitivamente en el tiempo y el espacio, sin duda con un propósito particular: estimular la inteligencia emocional y consecuentemente profundizar en la universalidad del mensaje. Esta pintura es una inspiración sui géneris, toda vez que en ella la verdad ha sido concebida a partir de los movimientos de las líneas, cuya orientación en el espacio establecen la realidad visual ideográfica y fonética de los nativos de la Selva Amazónica.
Lo más obvio del pensamiento en esta pintura (La naturaleza y yo) dilata en el tiempo la abstracción de la verdad, favoreciendo así la construcción universal de la idea; de modo que la evocación de los colores y las formas se establece en la realidad, emulando la existencia humana en el plano horizontal y muy cercanos los escarceos tetra-dimensionales por la evidente atemporalidad en la simbolización de la belleza natural.
Diremos entonces que la facultad inventiva del pintor Antonio Romoleroux, no está únicamente en el tema, los colores y el equilibrio, a decir de manera específica de los lienzos de la serie Amazonía Espiritual; sino que la idea es tan relevante, que nos recuerda la tesis de Pierre Proudhon cuando afirma que “…Era más importante la idea que había formado la obra que las cualidades formales de la misma”. Dicho esto, a mi juicio, se infiere la preponderancia del destino social de este cuadro, objeto de este análisis, toda vez que resulta obvio el estímulo de la razón, que es fundamental para la toma de conciencia.
Labrado este maravilloso camino hacia la razón, el cometido de esta obra es la contemplación de nosotros mismos “Como sustancia individualizada de naturaleza racional donde se plantea la superioridad del espíritu sobre la materia”. Esta libertad del pensamiento de Romoleroux aquilata la dignidad del arte, en estos momentos en que la sobrevaloración del pensamiento académico ha dado al traste con la razón del corazón, cuya polivalencia, como es de conocimiento común, está destinada a enriquecer la concepción del arte en todas sus manifestaciones.
Para citar a Kant ¿Diremos, que la obra de Romoleroux se mueve en el uso práctico de la razón? Por supuesto que sí, basta leer lo que se desprende del término “El arte por el arte” y a partir de allí el juicio concluyente será: que nos encontramos ante un creador pictórico de profundidad filosófica, lo que caracterizó a los grandes maestros de la pintura universal, que potenciaron la fuerza de la razón y la voluntad del espíritu sobre lo efímero del “placer estético”.
La agudeza cerebral del autor de esta obra es evidente no solo por la destreza en las diferentes técnicas del arte visual, sino también por su visión del mundo y la comprensión de la armonía entre naturaleza y pensamiento. La presencia de rasgos profundos de la fe en el hombre como ente trasformador y de cambio. La existencia de un pensamiento forjado en la quimérica realidad del bien común. Romoleroux tiene muy claro aquello de que el arte debe salvarnos. Que el fin del arte es la exaltación de la belleza humana en la generalidad de cuanto existe en el universo.

Revista: “Miti-Miti”, #3, 2000
Antonio Romoleroux: Temer-Poder.
Por: León S. Espinosa Ordóñez

Hablar de la obra de Antonio Romoleroux es aproximarse a una de las obras más consistentes de la plástica ecuatoriana contemporánea. Antonio Romoleroux nace en 1968, año significativo para la humanidad entera, época en la que el mundo inhalaba y exhalaba “ismos”: existencialismo, surrealismo, anarquismo, que incidirían en lo posterior.
El trayecto creativo del autor atraviesa por varias etapas, en donde se divisa una suerte de experimentalidad. El primer periplo se vincula con el formato tradicional y con una marcada ironía, sarcasmo y el cuestionamiento a la sociedad en su conjunto. La incesante búsqueda lo lleva a compenetrarse con el grabado, en donde logra la plenitud en su temática. Esta etapa marca un proceso de búsqueda, investigación, con preocupaciones fundamentales como: la naturaleza, el mito, el hombre y su interrelación. Los materiales con los que elabora su obra se tornan en actores que median la temática. La reutilización del papel, la redefinición de su uso, cuestionan la visión del consumo instaurado en la sociedad.
Su visión incluye una multiplicidad de elementos como: el mito, la circularidad del tiempo, la instauración de un tiempo mítico, la ruptura de la linealidad temporal son elementos de la obra. La memoria como búsqueda de lo mítico, la identidad en sus diversas manifestaciones. Esta búsqueda comienza a partir de su inclusión en el libro “Mundos Amazónicos”, editado por la fundación Sinchi Sacha, momento desde el cual se vincula con toda la cosmología amazónica y su significación. Esta preocupación no cesa, y su siguiente fase se relaciona con los árboles, como elemento propicio para cuestionar la actitud del hombre en su permanente acecho a la naturaleza. Usa el papel, busca un nuevo sentido en su utilización y pone reparos a su proceso de mercantilización y revaloriza su historia. El papel es transformar en un elemento creativo, lo trabaja con sus manos, lo siente, lo fusiona; lo combina con el metal, asimila la armonía de la naturaleza.
La continuidad creativa, prosigue con la inclusión de animales: la rana, la serpiente, el jaguar, como elementos sacros, presentes en la simbología amazónica; en el camino de la búsqueda de los yagés o yachas o shamanes. Su intención es convertirse en un observador minucioso de la naturaleza, entrar en sus secretos y, como tal, ser parte de ella. La presencia de esta trilogía de animales sagrados se extiende y sus características se las humaniza y naturaliza a la vez. La mujer, en un proceso de catarsis, se transforma y adquiere estas características: la fertilidad, la seducción, la astucia. Lo erótico adquiere autonomía, pero, en su juego incluye ciertas características del animal. Según Georges Bataille: “El erotismo es uno de los aspectos interiores de la vida interior del hombre, el hombre busca fuera el objeto del deseo”. El erotismo se exterioriza, cobra cuerpo, se materializa, es natural. El cuerpo se convierte en una metáfora, nos traslada en su significado, se convierte en un fluir constante de signos, unos con movimiento, en estado de reposo, en actitud de contemplación, en el estado místico que se presenta a partir de la relación Eros – Tánatos; vida – muerte.
Temer – Poder nos devela un juego semántico en el que la anulación de la primera condición implica un crecimiento del sujeto, anula la interiorización de las fuerzas morales y obliga a rebelarse frente a este hecho. Al hablar de poder, se observa una bifurcación de la palabra, primero como la fuente omnipotente que rebasa la capacidad del hombre; mientras que, en un segundo momento, el poder es la capacidad de realización en todo momento. El autor nunca ha dejado de presentar su preocupación por el entorno, tanto en el aspecto humano, al igual que en el natural, y de ahí su reflexión sobre el poder, ¿cuáles son los elementos que significan Poder? ¿Acaso los actos humanos medidos por relaciones materiales o la presencia de la naturaleza? Para Baudrillard, el Poder es el dominio del mundo real, mientras que la seducción es el dominio del mundo simbólico. En esta relación rompe su interés por el Poder y el planeta un juego erótico que rebasa la seducción, por cuanto lograr inmovilizar y perennizar el acto, lo detiene en el tiempo y en el espacio. Los colores del grabado tienen una connotación sagrada, vital: el rojo y el negro que toman los elementos de la mitología amazónica se verifican en manduru huarmi y huitic huarmi; la mujer roja achiote, y la mujer negra, huitic. De igual manera, las tonalidades lila, violeta, cargadas de vitalidad.
La rana, la serpiente y el jaguar
En una búsqueda de ruptura, se incluye, nuevamente, la rana, la serpiente y el jaguar como reminiscencia de ouroboros, del eterno retorno, en una suerte de mutación, la mujer es poseída por el espíritu de los tres animales en la fertilidad, la seducción, la astucia y su agilidad.
En la obra díptica de las boas, se confronta el deseo frente a la fertidilidad; los destellos rojos frente a la reproducción. Las dos serpientes emergen del caos, de la dispersión de los signos que encontrarán su orden en la propia naturaleza.
En el proceso de creación no se descarta la posibilidad de incorporar los elementos de la tecnología, e inclusive la tecnología y los desechos, es así como se crea “Secretos”, mediante la cual nos enfrentamos a una realidad con doble faz, con un revés que evita mostrarse de esa manera. El uso de un soporte metálico en su obra titulada “El secreto”, cuya estructura es de chatarra, nos revela que siempre, en la realidad, estará presente la técnica, como una opción incluyente y cuestionadora simultáneamente con claridad se muestra el manejo del arte conceptual. De igual forma, en “Estrés” que juega con una palabra con un talante moderno, pero como contraparte se la simboliza con tres jaguares y escenifica el viejo conflicto entre civilización y “barbarie” ¿a qué criterio debemos sujetarnos para glorificar a la primera?
Finalmente, el Poder se muestra desde su ámbito más vulnerable, desde su emergencia hasta el aparecimiento de una superficie producto de un legajo que se mantiene estático, que uno puede llegar a reemplazarlo, cuestionarlo y vivirlo en su propia interioridad.
La vitalidad es una de las aproximaciones más sugerentes, tomar partido por circunstancias de que no todo está perdido, retomar hechos como la cotidianidad para profundizar en las expectativas frente al hombre, a la naturaleza, crear una percepción que incluya a nuestros mitos y la recuperación del sentido humano en lo erótico.
La expresión a la que nos invita de manera cordial el artista es que ya no es tiempo de Temer, sino de Poder.

TEXTOS CURATORIALES

Exposición antológia 1987-2018, Centro Cultural PUCE 2018
Hernán Pacurucu C.
Crítico y curador de arte
ANTONIO ROMOLEROUX
La complejidad de un artista

“La complejidad del pensamiento así como la reconstrucción de la realidad por el sujeto cognoscente nos lleva necesariamente a la transdiciplinariedad como método de investigación y como epistemología de la investigación y del conocimiento, que nos ayuda a penetrar en el conocimiento de la vida, la existencia, el conocimiento, el desarrollo humano, la educación y las disciplinas en las que se ha compartamentalizado el conocimiento científico. En la sociedad cada vez más compleja, sus antagonismos, desórdenes y conflictos conllevan necesariamente una ligazón de fraternidad espontanea y voluntaria. No hay otra garantía contra la fragilidad de la complejidad que la auto regeneración permanente de la propia complejidad. Es decir, que si queremos ser libres, tenemos que arrastrar los riesgos de la libertad”.
José Manuel Juárez/ Sonia Comboni Salinas
“cuando se habla de complejidad «… Se trata de enfrentar la dificultad de pensar y de vivir»”.
Edgar Morin
Lo que no se ha dicho de su obra
Pareciera que se ha dicho todo desde la perspectiva crítica acerca del trabajo de Antonio Romoleroux; sin embargo, también pareciera ser que se ha obviado lo más evidente, ese enfoque holístico que permite que el artista navegue entre disímiles aguas sin que su proyecto epistémico naufrague en dicho intento.
La pluralidad con lo que en principio se acariciaría su obra no obedece al mundo de la variedad, más bien obedece a la intrincada “esencia compleja” en que el artista formula su proyecto estético.
Tiempo atrás el joven Romoleroux, un artista prodigio –de esos que el afamado crítico de arte Arthur Danto dice que ya no se fraguan– y que a sus 26 años ya logró obtener el Primer Premio de Pintura “Mariano Aguilera” ; y contando ya con múltiples premios a su corta edad, configuró una necesidad devastadora por buscar nuevos rumbos una vez que el éxito lo consolido en sus formatos más admirados, como son los de la serie Mi esencia en tus sentidos que le precede al Premio, y que le consolida como el artista de renombre, obras como Árbol Sagrado (1995), Natem (1994), Sueños Propios (1995), No te rindas (1996), Uso de la magia 81995), Mango (1999), Fértil (1999), Líquido (1999), Hoy (1999), Curare (2000), EN (2000), Bosque Húmedo (2005), Cuarto Camino (2005), Tú eres sagrado (2005), Bioindicadores (2006), Antonia (2006), Su alma habita en la luz (2006), entre otras y que culmina en la gran escultura pictórica Mi esencia en tus sentidos, (2007) una instalación que resume toda la arqueología de esta serie. Quedarán en la memoria histórica y la retina aguda no solo de una crítica especializada sino que guardarán fortuna en los archivos de la memoria de un país entero.
Esta serie cuyo núcleo conceptual se alimenta de la fragilidad con la que el papel –creado a mano– sustituye esa naturaleza quebrantable mientras que el cobre multiplica la fuerza de una ciudad avasallante; sin embargo, el papel (naturaleza) mantiene ese embate de una ciudad que la corroe aun cuando no puede sostenerse sin ella: metáfora excelsa de la vida sin vida.
Resignificación de lo complejo
La arbitrariedad de lo epidérmico, cortejada por el sentido insólito, abogarían por un Romoleroux perenne incrustado en la autosatisfacción masoquista propia de la acumulación de galardones, en lo que la crítica modernista consignaría como estilo de autor, más aún el espíritu del artista arraigado en el sentido rebelde del mismo jamás permitirá precederse a sí mismo, estableciendo el intento de una copia de la copia de la copia.
Todo lo contrario, Antonio Romoleroux emerge como figura disonante en su propia producción, alimentado esa mirada holística que nos permite valorar la complejidad del pensamiento, para entender que su obra no es posible solo desde una mirada única, sino desde entender ese tejido enredado que se entrelaza y que configura todo un sistema diverso de obras, autorretratos, bocetos, series, fotografías confinadas con pensamientos, críticas, denuncias, apogeos, auges y afloramientos de un devenir del artista que nos permiten saber que Romoleroux no es solo una técnica, no es solo un estilo, tampoco lo es una temática, sino un conjunto, a veces neobarroco de esa combinación de todo ello, en definitiva para comprender al artista y a su obra hay que entenderle en toda la plenitud de lo complejo, y lo complejo entendido no como algo complicado difícil o enmarañado, sino como esa comprensión del mundo como entidad en la cual todo está entretejido, el complexus, es decir lo que se encuentra tejido junto.
Y es que: “lo tejido junto” da el sentido de individualidad (individuo =lo que no se puede dividir) al personaje en su propia cosmovisión compleja, solo así podemos entender que tanto Identidades sistémicas –una de sus series más tempranas– no compite con Amazonia espiritual , –un conjunto de oleos, grabados y esculturas– o que el Yo consiente no es un antojo fotográfico testimonial que narra las adversidades que vivieron, así como la superación y como se fortalecieron de ello.
emerge del capricho del grabador-pintor. Así mismo El mensaje de las modelos a la Humanidad tampoco puede ser entendida sin comprender el pensamiento sistémico que imagina la inestabilidad de la propia naturaleza en la reconstrucción de nuestras relaciones con ella, por lo que la configuración filosófico-cosmovisiva del pensamiento holístico del artista decanta en una singular propuesta plástica que reformula la historia del arte en una suerte de abanico extenso de disímil “comprensión de mundo” que tiene que ver con la complejidad de la vida y su relación con este mundo dado.
Nomadismo estético como conducta de lo contemporáneo
Entonces el devenir de Antonio, se constituye en esas idas y venidas que cuantifican lo complejo de su ser, pero lo definen como un contemporáneo insaciable que como Gabriel Orozco, Koons o cualquier visionario contemporáneo, no permite que su estética se encasille en un producto, el cual puede ser llevado a los infinitos designios del márquetin y por supuesto del mercado.
En este sentido ese escape se vuelve un nomadismo eficiente en cuanto rechaza la estreches de las metodologías estéticas y todo el aparataje histórico que pretende medir la obra de arte, en su afán más inquisitivo (crítica y curaduría de arte) para escurrirse entre los intersticios del estilo, de la belleza y de la técnica para hacernos entender que tenemos un artista turbulento, imposible de ser clasificado en algún apartado en el casillero de la historia y que su objeto de estudio da para largo, entendiendo que hoy a sus cincuenta años no existe metodología investigativa ni instrumento de brujería que nos permita saber los procesos de cambio que anticiparan sus nuevas maneras de mirar el arte.
Sus retratos, un mundo aparte
A la bitácora subyugante del autor sobresale el complejo y aislado mundo de sus retratos, tales como Autorretrato (1988), Autorretrato egocentrismo (1990), Autorretrato esquizofrenia (1990), Autorretrato (2012), entre otros.
Los mismos que testimonian de la forma más fresca el satírico mundo en que se desdobla el individuo, dando otra vez las pistas ineludibles y dejando en el bosque espeso ese recorrido de migas que nos permita seguirle la pista sicológica dentro de ese tornadizo cosmos en que pareciera que instaura su “sistema mundo” tan inconfundiblemente Romoleroux.

Exposición: “La naturaleza es sagrada y los seres humanos también somos naturaleza” Ministerio de Cultura y Patrimonio, Quito, 2009.
Las piezas de Antonio Romoleroux
Julio Pazos Barrera
Quito, 4 de marzo de 2009

Pienso en alta voz delante de estas 21 piezas de una serie de 50 trabajadas por Antonio Romoleroux durante estos años. Mi pensamiento exige que las ubique en los contextos que se entretejen en sus organismos. Se dice que la palabra contexto la tomó el escritor cubano Alejo Carpentier de algún ensayo de Jean Paul Sartre.
En este instante solo importa saber que los contextos son los grandes componentes de la cultura y que son englobantes, pero también diferenciadores. El artista y su obra procesan los contextos culturales en los sentidos de producción y de consumo, en un constante dinamismo.
Pero antes, una somera referencia a la índole de los objetos que una vez tocados por la luz se reconstruyen en nuestros ojos. En un primer momento, atraen la atención estos artefactos que en apariencia pueden parecernos cuadros, pero que en realidad no son como los lienzos clásicos de superficies homogéneas enmarcados con gruesas molduras doradas. Estos artefactos se sitúan a un paso de las esculturas o de las tablas talladas con que los antiguos recubrían las paredes.
Lo primero que salta a la vista es la calidad y textura de los soportes. Viejos materiales que Romoleroux ha reencontrado y sujetado a la labor creativa. De la vieja China es la invención del papel; de la antiquísima entraña de la tierra es el cobre. Es oportuno comentarlos: el papel artesanal de abacá se presenta con una apariencia de espuma solidificada; asoman láminas abrillantadas de cobre, pulidas y restregadas con el fin de manipular los caudales de luz que las iluminan; aparecen conchas spondylus de dos clases, rojas princeps y violetas calcifer, pulidas a fin de que dejen ver sus formas diseñadas durante largos períodos de existencia submarina; se completa el conjunto con baños de color en ocasiones clarificados con blanco y en otras muy cerca a los tonos primarios.
La peculiaridad del tratamiento de los soportes reside en su ensamblaje. Los pormenores de la inserción son francamente secretos, porque eso de capturar las láminas de metal o las conchas con delgadas planchas de papel es cosa de paciencia y exactitud. Los observadores no sabemos cómo funciona esa técnica.
De vuelta a los contextos, cabe decir que el ascenso de los materiales a la dimensión artística es producto del enlace de varios de ellos. No me extenderé en tan amplia problemática, solo resumiré algunas informaciones. Uno es el contexto histórico, en este caso, de la historia de las formas artísticas y en particular del ensamblaje en el arte quiteño. Del tiempo hispánico se conservan pocos artefactos ensamblados: tres Vírgenes presentan el procedimiento de los apliques de telas estucadas y coloreadas sobre lienzo, estas son la Virgen de Chiquinquirá en el monasterio de San Diego, una Virgen en la capilla lateral del lado del Evangelio en el Santuario de Guapúlo y una Virgen de Quito, bordada y coloreada sobre lienzo, inmersa en una maraña de pequeñas flores de seda, de la colección del maestro Oswaldo Viteri.
Del primer siglo de la República solo conozco la obra intitulada El Pudor, que más que ensamblaje es un collage, de Juan Agustín Guerrero, del año 1852 y que forma parte del álbum que perteneció al señor Wilson Hallo.
En torno a 1960 y de los artistas del grupo VAN son memorables los ensamblajes de Enrique Tábara, Gilberto Almeida y Aníbal Villacís. La tendencia fue denominada precolombinismo. Los gruesos artefactos se lograron con aplicaciones de estuco, arena, conchas, circunferencias de metal, polvo de mármol, etc. De hecho, esas texturas recordaban las superficies pétreas de Ingapirca o las más antiguas de las sillas manteñas…
Un poderoso ensamblaje de sogas y telas pegadas a una superficie dura es el cuadro Los Cargadores de Mario Solís, que pertenece a la colección del Banco Central del Ecuador. Sorprendentes ensambles obtenidos con antiguos brocados y muñecas de trapo compuso Oswaldo Viteri.
En este trayecto, de alejamiento de las pinturas clásicas de caballete, propias de la modernidad iniciada en el Renacimiento , se ubican las piezas de Antonio Romoleroux. Él ensambla conchas, papel artesanal y láminas de cobre. Por cierto, con las diferencias propias de su inventiva y con las inserciones del intaglio y el grabado. La continuidad de la propuesta revela una concepción del arte fundamentada en la búsqueda de otros medios de expresión, es decir, de los que le permitan transmitir sus preocupaciones teóricas y los valores que constituyen su experiencia vital.
Otro contexto es el que estudia la Antropología Cultural, que se desarrolló en el Ecuador en la década de 1970 y que en la actualidad conjuga los aportes de la ecología. En este contexto se concentran las reflexiones de Antonio Romoleroux. Según se piensa, el hombre precolombino no separaba su existencia del fluir de la naturaleza, es decir, del cosmos. No era el hombre el rey de la naturaleza de la concepción renacentista, naturaleza a la que podía modificar a su antojo. El hombre precolombino respetaba el entorno natural y su sapiencia consistía en descubrir los secretos de él con el fin de aplicarlos a su propia existencia. No fracturar el ritmo era preservar la buena salud. Hoy diríamos que se trataba de otra utopía. Pero, bien entendemos un poco tarde, en la actualidad, el alto precio que significa el provocar la desaparición de la capa de ozono y el de haber talado los bosques, etc. El adelanto científico salvará al género humano, es el ideal de nuestro tiempo, pero mientras tanto, solo nos queda mirar la temprana luz solar situados al borde del abismo.
Claro está que el artista Romoleroux no tiene por qué escribir un ensayo antropológico, primero porque su lenguaje es el del código visual plástico, y segundo porque su campo es el de la intuición y no el de la lógica. Su actividad es la de proponer enigmas para que el observador se apropie de ellos, los disfrute en silencio o los agreda con sus invectivas. Así pues, sus formas rectangulares, de supuestas ventanas, pueden significar el intento de apresar la diversidad del mundo en el marco de una conciencia sobria y minimalista. El contraste entre el papel de origen vegetal y el mineral procesado pueden manifestar la oposición entre el campo y la ciudad. En este sentido, el papel que enmarca la plancha de cobre querría decir que la ciudad depende, para funcionar, del campo y de la selva. Desde otro ángulo, la presencia de las spondylus y los simulados petroglifos nos remite al lejano tiempo del hombre maravillado por los seres naturales y el despliegue de las constelaciones en las noches despejadas.
Otro contexto es el de la posmodernidad entendida, en este caso, como la liberación de técnicas. Estos artefactos eluden la perspectiva clásica, la representación del volumen, la iluminación focal, pero recrean los planos visuales originados en el moderno diseño de interiores; sugieren una ilimitada noción del espacio. No vemos aquí la rosa cromática, sino una personal selección de ocres que tiran al pardo, el blanco hueso, los deslumbrantes rojos y lilas de las conchas y algún añil. No será el pincel la prolongación de la mano sino la espátula y otros instrumentos inventados por el autor. Es la posmodernidad que se opone a la ilusoria mimesis de la escultura y del cuerpo humano de los cuadros de Ingres. Es la posmodernidad que yuxtapone distantes contenidos con nuevas veneraciones. Como nunca, las distancias entre las formas de los contenidos, dan lugar a la participación activa del observador, a sus resonancias emotivas y a sus conceptos siempre coartados por el factor lógico de las palabras y de la sintaxis. No hace falta convertir en discurso las sugerencias que incesantes emanan de las obras.
Pienso en alta voz y evito alterar la percepción de los observadores con calificativos que, a pesar de la lisonja, envejecerán lentamente como las manzanas. No encasillo las obras de Romoleroux bajo el enunciado de arte conceptual porque el observador solo responde al estímulo visual, es decir, al significante y no a las intenciones del artista. Primero y en este caso, las emociones que desencadenan las obras provocan estados de contemplación relajante, de liberaciones de las pesadillas que nos enervan en cualquier momento y en cualquier lugar. Luego vendrán las reflexiones y por ende, los conceptos, como en todo arte, siempre de la exclusiva cosecha de cada observador. Cuelgan los artefactos de las paredes de este salón, luminarias que Romoleroux ha extraído de la atmósfera de su mundo interior y que, generosamente, las ha instalado en la sensibilidad de quienes acostumbran dialogar con las voces del cosmos.

Exposición “Obra reciente” Art-Forvm, Quito, 1996
La obra de Antonio Romoleroux
Trinidad Pérez

La obra de Antonio Romoleroux se basa en la concepción de que el arte debe responder de manera honesta a la filosofía personal del artista. Solamente así puede tener alguna validez. Aunque este principio en teoría puede parecer elemental, en la práctica no lo es. Implica la posibilidad de un desfase de las corrientes artísticas internacionales, pero en cambio permite, el desarrollo de una obra de arte auténticamente personal que responda a su cultura, su entorno, su historia. Por lo tanto el trabajo artístico de Romoleroux está sustentado en la definición de una sintaxis artística propia en la que la investigación técnica cumple una función primordial en la formulación conceptual.
En este sentido, su proceso de desarrollo como artista así como el de elaboración de sus piezas es de suma importancia. Inicialmente investigó las posibilidades simbólicas de los signos en la escultura. Luego, trasladó este interés al grabado en el que profundizó las posibilidades técnicas del papel y conceptuales del signo.
El papel no es un soporte inerte e inexpresivo; en su origen, en su proceso de elaboración y en la historia de su uso guarda una carga simbólica. Para activar este contenido que podríamos llamar “natura” el artista ha investigado empíricamente la elaboración manual del papel. Esto le ha llevado a trabajar con distintas fibras como la cabuya o el abacá. Su intención es elaborar un papel que en su misma composición material guarde un significante pero que a la vez le dé el necesario soporte técnico: que sea suficientemente flexible, elástico y resistente para soportar la fundición con una plancha de cobre o para resistir el proceso de grabado en gran formato. Si en general esta técnica ha estado limitada por el tamaño del papel comercial como por la escala de las impresoras, Romoleroux supera estos obstáculos produciendo su propio papel e imprimiendo en una prensa construida por él. Vence cualquiera de las limitaciones de las convenciones técnicas o de infraestructura local, “inventando” una técnica adecuada a sus particulares necesidades expresivas.
Así como la técnica y el soporte guardan una significación conceptual, el sistema simbólico resulta de una profunda reflexión que consiste de lecturas sobre teoría semiótica, investigación sobre las culturas amazónicas y elaboración de una simbología personal que recoja este proceso. Esta etapa intelectual es superada por una intuitiva y gestual al momento de creación. El signo originario, si bien a veces se mantiene en su forma autentica, es una simple referencia, una evocación que se convierte en la huella de aquel proceso y del acto de libertad que éste implica.
En su obra, es la necesidad de alcanzar un estado de liberación expresiva la que permite que todo el acto creativo, desde la elaboración artesanal del material hasta el proceso intuitivo que conlleva la producción de la imagen, esté integrado por lo lúdico.

Exposición: “El Yo Es Espíritu”, del artista ecuatoriano Antonio Romoleroux.
Juan Antonio Bolumburu
Santiago de Chile, 28 de abril de 2009

No hay duda que la exposición que estamos inaugurando constituye una muestra de relevancia por la extraordinaria calidad del artista, ganador de diversos galardones y reconocimientos.
Antonio Romoleroux, ha llegado a nuestro Instituto teniendo como carta de presentación una de las mejores críticas en su país y donde ha expuesto fuera de él.
A sus 41 años, es considerado entre los artistas de mayor éxito en Ecuador y esta muestra pictórica así lo deja plasmado.
Se señala de él que su propuesta en gran medida busca abrir el debate en torno a la relación de equilibrio que debe existir entre el hombre y la naturaleza.
En sus obras, pintadas al acrílico sobre papel de Abacá hecho a mano, fundido con cobre grabado al aguafuerte y aguatinta, se advierte un evidente sentido ancestral, casi chamánico, vinculado a la Amazonía.
Esta muestra de características tan únicas, de un estilo que lleva el sello de su autor, ha sido posible presentarla en Chile gracias a la Embajada de Ecuador, a la gestión personal de su embajador, a quien agradecemos públicamente y por su intermedio al Gobierno de su nación.
Damos especial énfasis en nuestros agradecimientos a Ecuador no sólo por la amistad que une al Instituto con esta nación, sino porque además se nos ha distinguido con esta exposición.
Mis agradecimientos también al Sr. Alcalde por su presencia en esta ceremonia, a los señores embajadores presentes, por tener la gentileza de acompañarnos en tan especial oportunidad.

Exposición: Papel y Metal, Artespacio, Cumbayá.
Dra. Inés M Flores
Quito, 18/2/1999

Antonio Romoleroux trabaja el mundo ecológico, germinal, con notable sentido de síntesis. Su manejo del tema es eficaz, tanto en lo que se refiere al color como a la forma, en un brumoso límite entre la abstracción y la figura. Su energía está siempre en combustión y se alimenta de una gran tenacidad y de una devota consagración a su oficio. Busca los códigos de la naturaleza, los símbolos ancestrales; los atrapa, y en base de ellos, construye su discurso, con delicada sensualidad.
Le interesa ese sentido íntimo del ser viviente, que trasciende de lo puramente visual y que, en su obra, está gobernado por la extraña pareja lucidez-pasión.
En una gradual ampliación de sus intereses temáticos, el artista se ha esforzado por aumentar su capacidad perceptiva, mediante una serie de posibilidades de interpretación de la figura humana. Su voluntad de explorar el tema de la mujer le permite, ahora, desarrollar hermosas y dinámicas posibilidades, muy personales, que escapan a cualquier ubicación, dentro de las corrientes conocidas.
Sus imágenes femeninas, ricas y flexibles, entran en el terreno de lo sugestivo, con un toque de magia. Y sorprende la manera cómo, en esta obra, el artista le da vida y movimiento a la superficie matérica: papel de abacá procesado con rigurosa prolijidad y pintura al óleo con fuego directo, de tal forma combinados, que el artista consigue armonizar clima y movimiento.
Sus figuras están llenas de energía plástica, de atrevidas soluciones matéricas y cromáticas, tornasoladas, en gamas riquísimas que se imponen en la retina con intensidad expresiva. La reiteración de las formas recalca con énfasis un instante, un clímax, una atmósfera.
Antonio Romoleroux es un incansable investigador, trabaja intensamente con los materiales y con las técnicas. De un lado, las fibras y los metales; de otro, el grabado, el óleo, el fuego. Busca innovar, explora nuevas vías, y no se detiene.
Es un artista que se mueve con una gran autonomía, sin que le inquieten las pasajeras modas. Él tiene su propio norte, y nada le desorienta, porque solo atiende a la secreta brújula que le marca el camino: su gran honestidad artística. Ese es el secreto de su éxito, como lo prueba la muestra que estamos inaugurando.

Exposición: “Mi esencia en tus sentidos”, Galería Sara Palacios.
La obra de Romoleroux
Rosalía Arteaga
Julio 13 de 2013

En este día luminoso de Julio, tengo la satisfacción de presentar la exposición de un extraordinario artista plástico ecuatoriano como es Antonio Romoleroux, puedo garantizar que no permaneceremos imparciales cuando contemplamos con detalle y dejamos que nuestros ojos penetren los trabajos del artista Romoleroux y testimoniamos la morosidad con la que entrega cada cuadro, con temas recurrentes como los mandalas, o cuando el artista quiere traer la selva o el bosque a la ciudad, con una especie de aproximación onírica que le aporta riqueza a los trazos ya de por si complejos y bien logrados.
Los espíritus del artista se hacen presentes, a través de cada uno de los cuadros en los que yo quiero percibir un compromiso con la naturaleza, con el ambiente, con el entorno, con la tierra, lo que transforma a su pintura en aliada invalorable de quienes denunciamos un punto de no retorno frente al cambio climático, y en el que solo cabe adaptación, mitigación, y, a veces, sacrificio.
Allí está la mirada del niño huaorani, inquietante, como para no olvidarlo, ni lo que significa, ni lo que pretende en la floresta milenaria, acosada por tantos peligros indescriptibles, en los que la mano del hombre «civilizado y civilizador» tiene una responsabilidad innegable. El niño huaorani cubista es un cuadro difícil de sacar de nuestras retinas y memorias.
En este mismo sentido, Romoleroux recrea la textura y la belleza de la spóndylus, dejando que recorramos las nervaduras de las valvas, que en una época sirvieron de moneda para trocar mercancías, y que ahora recuperan su valor como objetos artísticos de gran valía.
No se puede permanecer impasible ante la obra de Antonio Romoleroux, el artista del abacá y del cobre, o más bien del abacá y del metal, quien somete a los materiales a taumatúrgicos ritos que nos hacen adentrarnos en los temas de la naturaleza y aún más allá, a los que relacionan a esta con los haceres de un Demiurgo que va copando superficies y llegando, aún en medio de la sencillez, a saturar los espacios que se le ofrecen.
La pasión del pintor por los temas Amazónicos es otro aspecto que cabe la pena resaltar.
La magia desborda la obra de Antonio Romoleroux, en cada una de sus piezas trabajadas con rigor, en la que la innovación se hace presente en cada momento, dejando el regusto de lo que se contempla finito, pero que se presiente infinito y hasta inacabado.
Parece que las texturas tanto de cuadros como de las instalaciones, quisieran saltar de la pared o de los espacios en los que se encuentran colocados, a nuestras manos, para dejarse palpar, reconocer, acariciar, para que el trabajo del artista pueda justipreciarse en todas sus dimensiones y magnitud.
El trabajo previo a la elaboración de la obra de arte, en el caso de Antonio Romoleroux, se incorpora a la obra misma, en la producción de la fibra de abacá, del papel, de los lienzos, de las mixturas con los metales, conseguidas con el trabajo de la mente y del espíritu para trasuntarse en fusiones, en experiencias sensorialmente maravillosas en cada uno de sus cuadros.
Los intaglios de Romoleroux son de una belleza estremecedora, no puedo dejar de mencionarlos porque me siento seducida por estos intaglios con iluminación al óleo, que demuestran el trabajo intenso y de detalle que significa esta antigua forma de grabado, usado también para garantizar la seguridad de documentos como son los billetes, pero que se emplea de manera magnífica en el arte presentado por este artista comprometido con su causa. Los colores intensos nos cautivan y nos llevan a pensar en ritos, en magia, en el poder que los símbolos, como los signos en rotación de los que nos hablaba el maestro mexicano Octavio Paz, entrañan para el ser humano.
Signos en rotación, magia que penetra, cautiva, intriga, se mece en las olas de la imaginación, se perpetúa en su misma entraña, se riega por los intersticios del alma. Signos en rotación, husmean, permean, se deshacen en miríadas de líneas y de curvas, adoptan giros imprevistos unos, otros en secuencias que parecen conjuros. Signos en rotación que deletrean escondidos códices, murmuran al oído secretos innombrables, se detienen para permitir el paso de superficies intocadas, sin mácula, dejando que los ojos perforen, oteen, se introduzcan y causen una miríada de sensaciones y percepciones imprevisibles. Intaglios de Romoleroux.

Exposición “El poder para transformar el mundo”, IAEN, agosto de 2019
SEMBLANZA DEL ARTISTA VISUAL CONTEMPORÁNEO ANTONIO ROMOLEROUX
Por: Karina Palacios Guevara

Cincuenta y un años de edad, treinta y dos de creación artística. Se diría que una trayectoria tan extensa habría mermado la energía que anima su obra. Pero la imaginación, la fantasía y la creatividad de Antonio Romoleroux, como todo lo etéreo, prescinden de la medida del tiempo. Quienes nos hemos sentido conmovidos con su arte, sin embargo, necesitamos de una crónica, aunque mínima, para comprender el recorrido entre su fuente y esa impecable, siempre renovada, rebelde, expresión estética. Y también las experiencias de vida que le imprimen su hondura como ser humano.
Antonio mantiene vívidas en la memoria las variadas formas que produjeron sus manos durante periodos de castigo con aislamiento involuntario e injusto, para un niño inquieto, curioso, chispeante e inventivo. Con tres o cuatro años de edad, sus primeros experimentos artísticos los hizo en plastilina. Encerrado en un salón, el artista se inaugura en su faceta de escultor.
Una prematura separación de su núcleo familiar le trajo abandono, soledad y sufrimiento. Esta marca emocional detonó muy pronto su sensibilidad, cierta autonomía y una precoz consciencia de sí. Al mismo tiempo, su necesidad infantil de cobijo se encontró con la añoranza de referentes materno y paterno. Dibujar, pintar, crear se convirtió en el puente entre sus sombras y su consciencia. Ese estado de soledad y abandono le permitió crear una especie de lenguaje íntimo, personal.
A los 8 años, ilustraba los cuadernos con marcadores escolares; reprodujo los personajes de “Asterix” y a “Platero” de Juan Ramón Jiménez con tan obsesivo detalle que este último le mereció una reprimenda de su maestro, pues juzgó que esa imagen no era una creación, sino un calco. A partir de entonces, a fuerza de amor y dedicación, Antonio tuvo el cuidado de incrementar el tamaño de sus dibujos, para evitar equívocos e injustas reconvenciones. Tanto en la ejecución de su trabajo como en la edificación espiritual de su ser, esa precoz tenacidad le acompaña como signo de vida.
Por la misma época, sus primeros experimentos de arte abstracto fueron trabajos con manchas que él recuerda como sus “Lagartos”. A la vez, durante las reclusiones obligadas, en su mente surgían, por un interés más anatómico que erótico, imágenes de desnudos femeninos, que el pequeño Antonio se entretenía en dibujar de memoria mientras esperaba ser liberado del castigo. Al parecer, estos encierros recurrentes y difíciles, con el pasar del tiempo, maduraron su inspiración y su arte ya desde muy niño.
A esta capacidad espiritual de transmutar la frustración, la ansiedad o el sufrimiento en obra estética, los padres de la psicología analítica le han llamado sublimación. Antonio lo llamaría resiliencia. Y es este, precisamente, el concepto central de sus búsquedas personales, en lo humano, en lo artístico y en lo espiritual.
Su entrada en la adolescencia coincidió con algunos despertares vitales. Un Antonio adolescente sentía -aún siente- con violencia el impacto del entorno en su universo emocional. El planeta con sus conflictos, la angustia y la depresión de juventud, el suicidio de amigas cercanas… al mismo tiempo, la exploración de su sexualidad -ya despierta con anticipación en retozos infantiles-, el encuentro con los juegos amatorios del cuerpo y del alma, la vida y la filosofía hippie y, en lo artístico, constantes experimentos en dibujo, hasta que asumió definitivamente su identidad de artista. En este recorrido, la presencia femenina gravitaba fuertemente, como figura igualitaria que alegra, anima y acompaña.
Seguramente, aquellos trabajos de niñez y adolescencia ya fueron obras de excepcional factura, pues su tía, Flora Romoleroux, su primera admiradora y gran conocedora de arte, quien habría persuadido a la familia de cultivar las dotes artísticas del sobrino, coleccionó estas y otras creaciones de la infancia del artista. Más tarde, sería la misma tía Flora quien alentaría su etapa de estudios en el Colegio de Artes de la Universidad Central, ya con estímulos intelectuales y guía de lecturas, ya con los alimentos del mediodía.
Quizás haya sido gracias a esta temprana motivación amorosa, que Antonio adquirió la certeza del arte como sentido de su existencia y como lengua íntima que conectaba integralmente su Ser. Con la muerte de su entrañable tía el año pasado, esta primera colección de su obra -que Antonio recuerda con gratitud y ternura- se ha dado por perdida.
Antonio crecía en conocimiento y consciencia con las nuevas experiencias que llegaban desde su aprendizaje y el inicio de su prolífica producción artística: a sus diecisiete, ya en el Colegio de Artes, pintar los cuerpos desnudos de las modelos le hacía sentir adulto y le dotó de una percepción respetuosa de la anatomía femenina, pero también de los universos emocionales que ella contiene.
“Las amigas, las mujeres… la presencia femenina hizo que mi relación de pareja fuera tan profunda, sólida y duradera… la presencia femenina es vital en la vida y en el arte”, afirma Antonio con contundencia. Cuando encontró a su compañera de vida, emprendió la construcción comprometida desde el amor mutuo y diáfano, de una relación profundamente armónica, cimiento sobre el que se asentaría el ambiente de seguridad que anhelaba para realizarse profesionalmente y afianzar su sentido humano. Cobijado por las certezas dentro de la relación, perfeccionó su hábito de imponerse y superar desafíos artísticos, políticos y espirituales. Solo así, únicamente en ese ambiente, era posible la formidable eclosión de su talento, tal como ocurrió. Antonio creaba, se diría, compulsivamente, sin parar, un día tras otro, un cuadro tras otro.
Su arte emergió con tanta intensidad y disciplina, que, en el último tramo de la década de los años 80, Antonio, con apenas diecinueve años, ya fue reconocido con una mención de honor en el Concurso Nacional de Grabado del Municipio de Quito, su ciudad natal.
Su irrupción fue una sorpresa para el ámbito del arte nacional, que veía un artista consumado a sus cortísimos veintiún años, con material abundante en volumen, calidad, concepto e innovación… de factura impecable para una primera exposición individual. Casi no hubo premio de arte en el país que no le fuera otorgado. Años de prolífica producción y, nuevamente, precoz desarrollo artístico, al abrigo grato del taller de la familia Guayasamín, en donde el propio maestro Oswaldo fue su guía y referente.
A los veintitrés, asumió con amor su condición de padre de Yaku y a los veinticinco, de Chaquira; la gestación de estas vidas interpeló la suya de maneras insondables. A partir de este hito, Antonio logra la síntesis pura de todas sus experiencias vitales, consolidando como resultado la creación de una técnica originalísima que se ha convertido en su sello particular en el arte contemporáneo del mundo: signos amazónicos grabados en cobre, fundido con papel de fibras de abacá, en grandes formatos.
Crear arte es, para Antonio, un acto de presencia absoluta en el momento. Esta noción, que adquirió intuitivamente a los siete años, entre el abandono, el encierro y la calle, alcanzó su cúspide muy pronto. Pero, como dice el propio artista, “la vorágine del mercado del arte y la prensa crearon una presión muy grande”.
Seleccionado para participar en la Bienal de Cuenca, se sintió empujado a salirse de sus propios cánones estéticos, sin observar el criterio de los jurados que le eligieron; trabajó sin descanso para la nueva creación que, estaba seguro, era una evolución en su obra. En el certamen, logró una mención de honor y la prensa le fue harto favorable. Antonio repasa nítidamente la fiesta posterior al veredicto de la Bienal: una bacanal con grandes artistas, personajes de la política y autoridades internacionales, corría el año 96, y Antonio contaba veintiocho años.
Este evento sacó al artista de la actitud absorta en su obra, le descolocó de su centro, y le condujo a despertar, por primera vez, a esa sensación que había intuido desde niño: para Antonio, existir significa crear, sí. Pero ahora descubría que esa existencia era frágil, si no aprendía a planear en las alturas hasta las que su arte le encumbraba. Este es el punto de inflexión que marca su transición a la adultez. Es un reencuentro consciente con la fuente de su creación, con su familia y consigo mismo. Vencer el vértigo y equilibrar la creación con el amor a la familia es, a partir de entonces y hasta este preciso instante, su mayor reto.
Antonio recapitula con ese nuevo enfoque toda su trayectoria, todas sus experiencias de vida, y decide que su existencia necesita equilibrio, cuyo centro sea él mismo, capaz de incluir, con la creación y el arte, todas las demás facetas que, ahora sabe, le constituyen como ser humano.
Con treinta años, Antonio inicia su camino hacia la construcción integral de su Yo más acabado. Quizás, su creación mayor. Cuando vuelve la mirada hacia lo profundo, su obra artística lo hace también, y se convierte en la expresión de su viaje interior, desde la convicción de que el arte debe ponerse al servicio de esa búsqueda, conmover para transformar, desde el Ser individual, todo nuestro planeta. La transformación del mundo, para este inmenso artista, es militancia, activismo y coherencia, en cada detalle, en cada minuto, en cada respiración. Es su impulso vital.
Al fin, en esta nueva cosmovisión, Antonio se convierte en alquimista de sí mismo, fundiendo exquisitamente sus logros con el vacío, sus límites con lo infinito, su mundo individual con lo transubjetivo. En este nuevo escalón de su re – evolución, como él la llama, en su obra reclama más fuerza la presencia de lo femenino. Jung, discípulo y, a la vez, detractor de Freud, notaría cómo, el anima, el principio esencial de lo femenino, ha escogido a este artista como medio de manifestación, para fundirse armónicamente con el animus, su principio identitario masculino. Sin proponérselo, la obra de Antonio constituye la expresión más acabada del arquetipo femenino, para este momento de nuestra historia como humanidad. Y, si Jung le conociera, diría que Antonio, con esta fusión de ambos polos universales de la psique, realiza su destino. Un paisaje muy raro y hermoso para contemplar: su obra, y su alma.
La siembra ha sido larga y dura. Y la cosecha es robusta, profundamente conmovedora. “El poder para transformar el mundo”, como muestra antológica de treinta y dos años de creación, es, ante todo, anuncio del nuevo universo que el artista Antonio Romoleroux está por crear. Será, como ya es su hábito, magnífico. Y, esta vez, sí, cuenta con alas propias para las cumbres que le esperan.

Percepciones primarias de la muestra “Naturaleza Sagrada”, Galería Cienfuegos, Quito.
Mariana Vaca de Raad.
Quito, 28 de abril, 2012.

Descubrir la riqueza múltiple de las piezas de este artista, exhibidas en la galería de arte “Colectivo Cienfuegos” es confrontar la dualidad del artista en el uso de los materiales y la simbología a la que nos conduce inexorablemente.
Cada pieza de Romoleroux es un todo, en la que confluyen dos realidades taxativas: hombre y naturaleza, en clara asimilación de espíritu y materia, sumado al manejo minucioso de los materiales elaborados con virtuosismo y acoplados con métodos innovadores de su propia experimentación.
Adentrarse en su universo creativo es remitirse hacia un pasado remoto vigente, como un proceso regenerativo de imágenes inmersas en el hábitat primitivo en el que prevalecen códigos ancestrales de la jungla amazónica como la rana –fertilidad-, la serpiente –sagacidad-, el jaguar –poder-, la mariposa -metamorfosis- u otro como la concha spondylus -valor comercial y divino-. Seres míticos de nuestro hábitat, cuya connotación espiritual remite a una cultura viva que anula la intemporalidad espacio-tiempo.
La diversidad de materiales naturales utilizados por el artista: papel de abacá, el cobre, el mármol, la concha spondylus, asimilan en sus texturas el resplandor del paisaje selvático, la vida vegetal y animal, el sigilo del jaguar, la parsimonia de la anaconda, la vitalidad de la rana, la luminosidad de la mariposa, la rugosidad del spondylus.
Deslumbran los destellos del cobre, cuyos diseños grabados sometidos a procesos de oxidación, trasmutan tonalidades dispersas en claros y obscuros, con planos horizontales, verticales o geométricos. Espacios vacíos parcialmente insertados con trazos curvilíneos o surcos labrados que producen un juego visual de imágenes múltiples. Láminas de cobre pulidas para atrapar la luz que se bifurca en amalgamas de naranjas, rojizos, amarillos, castaños, turquesas, pardos, violetas. O en relieve, en el que resalta la policromía como un fulgor de luces sobre el diseño.
Las texturas logradas, previa elaboración manual del abacá, complementan la fundición del cobre con el papel artesanal, propicio para la fijación total de dos materiales contrapuestos: fragilidad del papel vs fortaleza del metal, conseguida por el creador gracias a una técnica novedosa y personal de endurecimiento del papel fusionado con el cobre o con la concha spondylus.
Las piezas trabajadas en mármol enconchado, primorosamente pulido hasta lograr formas armónicas como las de “La paz hace el amor” o la del “Oráculo”, poseen enorme fuerza interior que irradia y subyuga al observador.
Las instalaciones como “Mi esencia en tus sentidos”, maravillosa confluencia de texturas, colores, iconografías y sonidos, trasmiten gran energía vital en movimiento.
La obra de Romoleroux permite al espectador común percibir de manera intuitiva las connotaciones que conlleva, cuyos signos remiten a una naturaleza trascendente para la vida del hombre primitivo inmerso en su entorno, a la vez que dependiente del ecosistema que da y recibe de quien lo habita, en conjunción vital de reciprocidad.
La muestra de Antonio Romoleroux conmueve sensorialmente e impacta espiritual e intelectualmente, no solo por el preciosismo de su trabajo creativo sino por los títulos sugerentes de sus obras: La naturaleza y el yo, Espíritu del Agua, Selva Sagrada, Bosque Húmedo, Bioindicadores, Reciprocidad, Naturaleza Espiritual, La Paz hace el Amor, Oráculo, Mi esencia en tus sentidos